Estoy al otro lado de la valla. Vengo de Mokolo, un barrio de Yaoundé, en Camerún. Entre las dos empalizadas, entre los que acechamos y los que vigilan, el silencio se ha hecho sólido, encofrado. Yo mastico trozos de noche, mastico el tiempo y el espacio. No necesito ningún aparato para oír cantar a una mujer en Mokolo. La canción dice que para cada uno de nosotros hay una estrella en el cielo. El silencio es sólido, pero la valla transparente. El cielo está ahí, postrado, y puedo ver su resplandor eléctrico. Ese resplandor es ya parte de mi vista y de mi vida. Hay momentos en que la valla crece, se eleva, y yo me achico, me hundo en mi sombra como un hombre subterráneo. Pero es sólo un instante pasajero. En realidad no es tan alta, la alambrada. Puedo verla desde arriba. Me aúpa toda la familia. Los recuerdos ya no tiran de mí. Han sido muchos tumbos, muchos días, cientos de kilómetros por el norte de mi país, Nigeria, Níger, el desierto, Argelia, Marruecos. Me he tenido que desprender de la nostalgia. Es una acaparadora de agua. Cada recuerdo debe tener la forma de una pértiga. Y del miedo también me desprendí. El miedo consume el aire. Necesitaba todo el agua y todo el aire para la determinación. En mi país, el símbolo del miedo es la pantera. De todas formas, de niño, la primera vez que sentí miedo, miedo de verdad, pánico, fue de crío, jugando en el suelo a la puerta de la barraca, cuando vi aparecer por el centro de la calle, y andando a grandes zancadas, a un hombre enorme todo vestido de blanco. Me escondí en el último rincón. Luego me explicaron que era un misionero holandés. Es algo extraño, el miedo. También el deseo. Si ahora, en medio de este silencio encofrado, la voz de Dios me preguntara un deseo, yo le diría: pan con sardinas en aceite y un vaso de refresco Grenadine. Mientras espero, abrazo contra el vientre la escala enrollada, en cuclillas, preñado. La voz que canta ahora en Mokolo es maternal. Cuando oiga la señal, cuando despliegue la escala, soltaré al fin un grito de parto como si me estuvieran muriendo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de octubre de 2005