Una animal petrificado que vivió hace cerca de 3,5 millones de años, sin igual en Europa, de una especie desconocida y del que no falta ni una pezuña. El azar de las lluvias ha dejado al descubierto un insólito buey en el yacimiento de El Camp dels Ninots, en Caldes de Malavella (Selva). Los hallazgos del Instituto de Paleoecología Humana y Evolución Social de la Universidad de Tarragona, que dirige Eudald Carbonell, confirman las extraordinarias posibilidades del paraje, en gran parte gracias al poder de conservación de la famosa agua termal de Caldes. El objetivo de las próximas campañas es encontrar restos humanos. "Las perspectivas son buenas", afirman los arqueólogos cuando se les pregunta si podríamos estar ante un nuevo Atapuerca.
Los paleontólogos se confiesan "alucinados" ante las formas del buey, que tiene poco que ver con los actuales. La especie no había sido documentada. Es el más antiguo hallado en Europa y sólo tiene ejemplares comparables, no intactos, en India o Pakistán. Se trata de un animal de largas y potentes extremidades, cuernos hacia atrás, de dos metros de altura y de una enorme agilidad a pesar de sus 500 kilos de peso. Seguramente era un rápido corredor a campo abierto.
El excelente estado de conservación y el hecho de no haber sido presa de los carroñeros parece indicar que murió de alguna enfermedad y, caído en el lodo de la orilla, acabó siendo engullido por las aguas del lago. Los esfuerzos de los arqueólogos se centran en sacar un molde de silicona del ejemplar antes de extraer los huesos y efectuar un profundo estudio paleontológico en el laboratorio.
Los terrenos agrícolas de El Camp dels Ninots tienen una antigua tradición de hallazgos. Los ninots que dan nombre al paraje son ópalos de caprichosas formas que a veces se parecen a muñecos de nieve y que los niños del pueblo buscaban tras el paso del arado.
Las investigaciones geológicas de Montserrat Vehí han permitido describir que, tras una explosión volcánica, el cráter abierto se convirtió en un lago de agua termal rodeado de vegetación. "El agua debía de ser un factor de atracción para animales herbívoros y quizá para humanos", explica Gerard Campeny, que dirige las excavaciones junto a Bruno Gómez y Robert Sala. La densidad de hallazgos fósiles en sólo 10 metros cuadrados de terreno es, a juicio de Campeny, prometedora: "Creemos que esa densidad significa que había centenares de individuos que venían aquí a buscar agua".
Además del buey, se han encontrado restos de otro animal idéntico, tres tortugas, diversos ratoncitos, peces, insectos y una costilla de 1,30 metros de longitud que correspondería a un rinoceronte o a un elefante. Y también centenares de negativos de hojas que permiten reconstruir un paisaje con pinos, abetos, robles, gramíneas y algas. La cuarta campaña de excavaciones, que se iniciará en primavera, se centrará en una zona en la que, en la primera campaña, se hallaron herramientas de piedra usadas por humanos. El sueño de los arqueólogos es encontrar restos de esos antiguos pobladores.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de octubre de 2005