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Crónica:LA CRÓNICA

Esta chuchería

La otra mañana entré en Sensualove, una tienda de golosinas de la calle del Pino de Barcelona. Nada malo ni escabroso puede pasarle a uno en esa calle. Llega el olor de chocolate de Farga y aun de La Xicra, más lejana. Y se ve bien, basta que uno se fije, al barón de Maldà, cuya única maldad fue anotar la vida. Hay una charcutería correcta y el rumor de una vida menestral. Cada cuarto se oyen las campanas: Alfonso Vilallonga las aprovecha para deslizarse por el balcón, sujeto a una enagua perfumada. Ningún pintor de la plaza aspira a cambiar el mundo: pero aún mejor es que no aspire a cambiar la pintura. Es un lugar matinal y decente, cotidiano, capaz de engullir cualquier vicio. Algo así como la pintura de Johannes Veermer.

Sensualove es una tienda de chucherías. Sólo que el azúcar se aglomera en un hermoso prepucio, o los pezones son, por fin, de fresa

La calle idónea para que abriera Sensualove. Se trata de una tienda de chucherías. Sólo que el azúcar se aglomera en un hermoso prepucio. O los pezones son, por fin, de fresa, como nos habían prometido. Un sex shop abierto, franco, luminoso. Desde la calle se aprecia el olor. Nada que ver con los algarrobos en otoño. Huele a goma de mascar y a gel de manzana. La tienda, apenas un pasillo, está llena de muchachas y hay también una pareja de viajantes con cartera. Parece como si estuvieran esperando la ocasión de enseñar el mostruari, lo que en un sex shop soft hace gracia. Esta expresión, ensenyar el mostruari, debe de ser de los tiempos y la circunstancia de Núria Feliu, como yo mismo.

De lo expuesto en el lugar prácticamente lo ignoro todo, como suele sucederme en ciertos restaurantes exóticos. Naturalmente, hay ingenios y mecanismos que pueden deducirse. Una de las conclusiones más llamativas sobre la práctica del sexo es que todo se resuelve tapando agujeros. Está visto muy de cerca, ya lo sé. Quizá sea la influencia de la mirada planiana, y el goce de su festiva animalidad. El maestro dejó dicho, al paso de una joven montada en borriquillo, que una de las maneras menos siniestras de pasar la vida es estar el mayor tiempo posible con las piernas abiertas. Estoy de acuerdo. Y no deja de parecerme pintoresco el método formal de que se valen los animales, incluidos los singulares, para la obtención del placer. En las tiendas especializadas se ve muy claramente la importancia del método, pues todo son correcciones y ayudas varias para tapar y ser tapado. El obstinado vuelta y vuelta con que se va salteando la vida. En las vitrinas de Sensualove me llamó la atención un objeto al que acompañaba una suerte de mando a distancia. Le pregunté al joven encargado, casi un adolescente.

-Esto, exactamente, ¿para qué serviría?

-El muchacho vaciló un momento. Pero supongo que recordó de inmediato dónde estaba y que las palabras le comprometían al mismo nivel que si dijera nabo, higo, plátano o patata.

-Esto son dos piezas, como ve.

-Ya.

-Una se pone en la vagina...

-Esta.

-Esta, sí. La otra es un mando con la que puede poner en marcha la otra pieza.

-Comprendo, ingenioso. Y sin cables.

-Claro, claro. Esto, mire. Uno va al restaurante, por ejemplo. Ella lo lleva. Usted se sienta enfrente con el mando, y va manejando el grado de vibración.

El muchacho explicó la operación con una higiénica neutralidad, muy a tono con el lugar. Todo lo que el lugar supone me parece fantástico y 100% recomendable. La sobrevaloración del sexo es uno de los lugares comunes de la época. Se apoyaba en la oscuridad, y a partir de la oscuridad, surgía la interpretación. La mejor manera de combatir las metáforas es tratar de que pierdan pie. Por ejemplo esto: ventilar e iluminar los sex shops, erotanatorios, cobijo de metáforas malignas. Esta tienda, y el movimiento de la inteligencia que debe de haber detrás, instala el sexo en un ámbito muy aceptable. Lo rescata del rito.

Uno de los emparentamientos más odiosos del sexo es el que lo hace desembocar en la sangre y en la muerte, como en aquella grosera, falsa y deprimente película de Mishima. Aquí, en la tienda, la sangre deja paso al mentol y la eucaristía, al juego. Esto no quiere decir, por supuesto, que el juego devenga humorístico. El sexo y el humor son absolutamente incompatibles: donde está uno no está el otro, como el yo y la muerte, precisamente. No se conoce excitación que provenga de una carcajada. A lo que realmente se parece una buena noche de sexo es a una buena noche de póquer. Por la seriedad, un punto teatral, que comparten, por los peligros y por el humo que ciega tus ojos. En el póquer se trata de ganar y en el sexo también: cada uno ha de preocuparse de su juego sin que quepa convertir la cama en una dispensa de caridad misionera, boy scout. Hay trampas, desde luego, y está la suerte, y el relajante azar. En esta bonita tienda abierta y matinal, tan llena de manuales, pócimas y silvas de varia lección, lo que no se encuentra son consejos (ni útiles) para acostarte con tu madre y asesinar a tu padre, seguidamente. Sexo, sólo sexo. El ir y venir(se).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de octubre de 2005