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COLUMNA

Reflejos

Con relevantes titulares y en primeras páginas, se ocupan estos días los medios de nuestro continente de cuanto sucede en la frontera sur de la Unión Europea, que viene a estar representada por las ciudades hispanas del norte de África. Siempre es interesante conocer cuanto comenta el vecindario sobre lo que ocurre en casa. El Süddeutsche Zeitung, por ejemplo, periódico moderadamente de centro-izquierda, resaltaba en primera página y con letras de colores: Melilla: el drama diario en la valla fronteriza de Europa. Eso era el pasado viernes, y en sus páginas interiores se podía leer con detalle toda aquella información fidedigna, referente a la situación en esa ciudad africana de raigambre hispana. Tampoco carecía de interés algún reportaje en torno al tema y encabezado por un Encerrados en la libertad; título un tanto ambiguo que apuntaba tanto a los habitantes de Melilla como a los emigrante ilegales hacinados en centros de acogida y tiendas de campaña. Y si usted hubiese seguido doblando páginas, se hubiera dado de bruces con el www.lesarts.com; con un enorme anuncio publicitario de la Generalitat Valenciana, relativo al Palau de les Arts y su inauguración. El anuncio alude a una realidad ya tangible en el ámbito de las grandes obras arquitectónicas de vanguardia, que se utilizará como catedral de la ópera, el teatro, la danza y la música. Ese anuncio, que aparece más allá del límite de las colinas valencianas, produce una cierta satisfacción y un moderado orgullo: la capital de todos los valencianos parece como menos aldeana y más abierta y cosmopolita en el ámbito de la cultura europea. Hay por lo demás un evidente contraste afectivo o sentimental entre cuanto sugiere la publicidad de la Generalitat, y cuanto se desprende de las informaciones en torno a la situación de los necesitados que en tropel quieren atravesar el alambre y el espino.

Y entre fronteras de alambres, entre intrépidos y necesitados emigrantes sin fronteras, imágenes de Valencia en el exterior y Palau de les Arts, andaba uno, empujado por los reflejos o estímulos que le despertaba el Te Deum en la Seo del cap i casal de todos los valencianos en presencia de la real Señera. También el Te Deum tuvo y tiene que ver con fronteras e invasores, con desplazados musulmanes y cristianos victoriosos que cantaron con su obispo en 1238 una alabanza a Dios y a la majestuosa gloria de sus obras. El Te Deum del 9 d'Octubre, de ayer, era un canto cercano, casi inmediato a todos nosotros. No se trató del canto gregoriano a la Santísima Trinidad de antaño, monódico y en latín, que también tiene su belleza. El Te Deum de la fiesta histórica valenciana fue este año un canto coral, polifónico y en valenciano no secesionista, que se utiliza poco en público, como escasamente se recuerda el origen de la fiesta; una fiesta con la bandera, y con serios y piadosos gobernantes bajo cuya égida se levantaron edificaciones de arquitectura singular, y durante cuyo mandato la emigración en tropel se convirtió en una seña de identidad.

Bien está evocar la historia, las conquistas de reyes cristianos, las banderas, las dulces figuras de mazapán... Pero sería conveniente parar mientes en las nuevas realidades valencianas, como el Palau de les Arts y la emigración, que serán las señas de identidad de futuras generaciones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de octubre de 2005