Espero que la ex ministra de Cultura no se enfade demasiado por el hecho de que saque su nombre a colación, más que de ejemplo, como una categoría de lo que su partido está obligado a hacer para recuperar la adhesión activa de un sector decisivo de la ciudadanía. La imagen de Carmen Alborch, por su inteligencia un tanto ingenua, por su extravagancia, su compromiso y su modernidad, despierta tanta simpatía en el exterior como reticencias dentro del ámbito partidario. Suele ocurrirles a las personalidades con carisma. Y la realidad, tozuda, invoca su perfil en cuanto se hace la más mínima cata sobre el estado de la opinión pública. La encuesta del Instituto Opina para este diario deja claro que los socialistas todavía no han logrado movilizar de cara a la Generalitat a un segmento del electorado que, sin llegar a otorgarles las sólidas cotas de voto que cosecha el PP, sí que revela una implicación significativa con la aventura reformista de Rodríguez Zapatero. Eso por un lado. Por el otro, Rita Barberá aparece como la figura política más valorada, por encima del mismo presidente Camps, lo que delata una ausencia de desgaste realmente asombrosa en la alcaldesa perpetua de la capital. Asombrosa, salvo que uno decida mirarse las cosas desde la perspectiva de la calle, sin los filtros del razonamiento político profesional. Es evidente, que los socialistas tienen pendiente una apuesta de envergadura en la ciudad de Valencia si quieren que el electorado que les hace falta se digne a tomarles en consideración. Alborch se erige, por ello, como un icono atractivo, capaz al menos de poner en jaque una aburrida fatalidad. Tal evidencia, desde luego, no da derecho al ministro de Administraciones Públicas, Jordi Sevilla, a ofender en público a Rafael Rubio, el actual portavoz, con bromas de mal gusto y peor inspiración. Rubio se ha ganado un respeto con su trabajo cotidiano y es acreedor de destinos de responsabilidad que tal vez no consistan en optar a la alcaldía. Merece, en todo caso, que la alternativa tenga el aroma de una apuesta ambiciosa y valiente, ajena a las emanaciones procedentes de los despachos de un partido cuyos electores potenciales todavía sospechan que prefiere perder.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de octubre de 2005