Alrededor de Fernando Torres hay un debate con varios flancos. Desde su etapa juvenil se discute su techo como jugador, sus características como delantero y su posible contribución a la selección. Torres representa, en muchos sentidos, al común de los futbolistas españoles, aunque sus cualidades físicas sean una rareza. Como ha ocurrido con otros magníficos juveniles, se ha proyectado en él toda la impaciencia de un país que busca un mesías que no encuentra. Brasil ha tenido a Pelé y una extensa colección de distinguidos sucesores, Argentina encontró a Maradona, Holanda despegó con Cruyff; Alemania alumbró a Beckenbauer, Platini definió lo francés y Portugal disfrutó de Eusebio. Queda Italia, que dice soñar con grandes fantasistas pero que secretamente prefiere defensas categóricos. Y de esos ha tenido unos cuantos: Scirea, Baresi o Maldini. Sólo Inglaterra y España buscan infructuosamente la figura que corone su fútbol.
Los ingleses han sublimado a un jugador fulgurante en todos los aspectos. Por su velocidad y por la brevedad de su carrera. Best sólo tuvo tres años buenos. Y era de Belfast. España también tiene un rey prestado. Es Alfredo Di Stéfano, uno de los más influyentes jugadores de todos los tiempos, pero de raíz profundamente argentina. Como astutos comerciantes que son, los ingleses se han sacado el truco del negocio para vender como un fenómeno a un futbolista que no lo es: Beckham. Mientras tanto, España se desespera por encontrar al jugador que rompa con tantas décadas de notables, pero no sobresalientes jugadores. España quiere un genio y Torres es el más reciente entre los aspirantes.
El desafío es tan brutal que ha arrollado a otros muchos pretendientes. Iván de la Peña es el caso más significativo. Tuvo que padecer el olvido para sentirse un buen jugador. Por lo general, la fanfarria que acompaña a los juveniles españoles se desinfla en medio de la decepción y los ataques inmisericordes a aquellos que se pretendía entronizar. Torres atraviesa un momento decisivo en su trayectoria. Vive sometido a una tensión enorme y está demasiado pendiente de las expectativas que ha despertado. Generalmente trata de ser el jugador que no es, el genio que se espera, el mesías español. Torres dispone de unas extraordinarias condiciones físicas, no le falta manejo y es nuestro futbolista más exportable, pero ha perdido años muy valiosos en su intento de demostrar en cada partido que es un jugador irrepetible. Eso le ha convertido en un delantero ofuscado.
El partido frente a Bélgica deslizó una idea novedosa de Torres. Frente a la mayoría que le considera un segundo delantero con grandes cualidades creativas, sus dos goles ayudan a pensar en todo lo contrario, no tanto por los goles, sino por la manera de conseguirlos. Fueron dos tantos a un toque, excepcional el del primer gol, eficaz en el segundo. Para un jugador que tiende a lo barroco y pierde eficacia cuánto más piensa, o sea cuando juega de segunda punta, sus goles frente a Bélgica le muestran el camino a seguir como delantero. No tiene por qué sentirse obligado a ser un fenómeno en cada jugada, a ser el Fernando Torres que tanta gente sueña, el futbolista aplastado por la responsabilidad. Probablemente debería elegir el camino inverso: establecerse primero como un especialista sin demasiados adornos -el goleador de toda la vida que no pierde el tiempo en pirotecnias-, evitarse desafíos invencibles y a partir de ahí consolidarse como un gran delantero. Si después hay algo más, mejor que mejor.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de octubre de 2005