Reunidos en Múnich hace sólo unas semanas, cinco de los seis constructores de automóviles implicados en la Fórmula 1 decidieron proseguir su batalla contra el poder de Bernie Ecclestone, patrón del circo, y Max Mosley, presidente de la Federación Internacional del Automóvil (FIA), y comenzar los movimientos para la creación de un Mundial paralelo al actual a partir de 2008. El Acuerdo de la Concordia, firmado en 1997, concluye al final de 2007. A partir de entonces, las escuderías y los constructores no tendrán ya compromisos que mantener con el poder establecido.
A la reunión de Múnich acudieron representantes de los fabricantes BMW, Mercedes, Honda, Renault y Toyota, además de dirigentes de las escuderías BAR, McLaren, Minardi, Renault, Sauber, Toyota y Williams. Sólo Williams planteó ciertas dudas. Todos los demás acordaron proseguir su rebelión. "Los cinco constructores y sus equipos hemos decidido competir juntos sólo en un campeonato que mantenga los principios fundamentales de igualdad y transparencia. Aunque nos mantenemos abiertos al diálogo con los propietarios de los derechos de la Fórmula 1 y con la FIA, la incierta situación actual nos lleva a iniciar los trabajos para crear un nuevo campeonato", afirmaron en un comunicado oficial.
Las presiones de Ecclestone lograron que Ferrari y las escuderías Red Bull y Jordan renovaran el Acuerdo de la Concordia cinco años más de lo previsto, hasta 2012. A cambio, Ecclestone incrementó en 82 millones de euros la aportación de la FOM (Formula One Management) a los constructores de Maranello y mejoró notablemente las condiciones de las otras dos firmas. Fue una actitud que molestó todavía más a los demás equipos, que perciben un porcentaje, en su opinión, irrisorio -alrededor de un 30%- de los 726 millones que genera la Fórmula 1 a lo largo de cada temporada.
En el fondo, éste es el núcleo fundamental de la discusión. Los constructores entienden que realizan una inversión brutal y que reciben una parte ridícula de los beneficios que propician. Y quieren el control. Ecclestone defendió siempre la idea de que el control debe mantenerse en el seno de la F-1. Sin embargo, cuando vendió el 75% de su empresa Slec por 1.238 millones de euros a tres bancos alemanes, tras la suspensión de pagos del gigante de la comunicación Kirch, que había adquirido los derechos televisivos de la F-1, quedó en manos de las decisiones de los nuevos propietarios. Su ventaja es que la única forma que tienen los bancos de recuperar su inversión o de hacerla rentable es manteniendo al magnate británico al frente del tinglado que él mismo creó hace 25 años.
Sin embargo, Ecclestone y Mosley están trabajando juntos para librarse del yugo de los banqueros. Y no se descarta que también ellos piensen en cambiar las estructuras actuales. Ecclestone está buscando dinero para incentivar a los equipos y ha comentado que Coca-Cola y una línea aérea de los Emiratos Árabes Unidos podrían entrar en su circo rodante. Además, se especula con la creación de un 11º equipo, al que motorizaría Honda, y con modificar el sistema de clasificación y volver a los cambios de neumáticos para el año que viene. ¿Podría todo esto unificar de nuevo al mundo de la F-1? Por el momento, parece que no.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de octubre de 2005