En junio de 1930 un jovencito Enrique Tierno Galván se esforzaba por aprobar su examen de ingreso en el instituto madrileño Cardenal Cisneros (con algunas faltas de ortografía), y apenas le apuntaría la barba cuando, un año después, hizo lo propio el actor Fernando Fernán-Gómez. En aquellos ejercicios, que aún se conservan, se aprecia ya la presencia ineludible de las obras de Cervantes en los institutos. Con la reforma de la Segunda Enseñanza, en 1901, el Quijote se convirtió en uno de los ejes centrales de los estudios secundarios. Dos décadas después, sería una lectura obligada en las escuelas primarias. Y algo más tarde llegaría la dictadura y los cuadernos infantiles, con sus primorosos ejercicios sobre el Quijote, acompañarían los expedientes de depuración de muchos maestros españoles.
La Fundación Francisco Giner de los Ríos (Institución Libre de Enseñanza), junto con el Ministerio de Educación y la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, ha organizado en Madrid una exposición donde se puede observar la larga cabalgada del Ingenioso Hidalgo por las aulas españolas a través de los últimos siglos. Libros, dibujos, cuadernos didácticos, antiguos aparatos de proyección de imágenes, ejercicios, fotos históricas, documentos administrativos, viejos periódicos con alusiones al estudio de la gran obra de Cervantes en la escuela.
A principios del siglo XX se sucedían los debates públicos de los intelectuales sobre la conveniencia de usar el Quijote para la formación intelectual de los niños. Miguel de Unamuno defendía que "los niños deben leer lo mismo que los mayores, sin más que el saber escogerlo".
En aquellos años, la identidad española, maltrecha tras la pérdida de las colonias, era motivo de profundas reflexiones; la más ilustre obra cervantina se convirtió entonces en ariete de la causa patriótica. El Quijote cabalgaba entonces como emperador del territorio, Cervantes era símbolo nacional y el castellano, el idioma de exaltación. Ideas que necesitaban un campo de cultivo: la escuela. Pero no fue hasta 1920 cuando se decretó la lectura obligada del Quijote en primaria, un cuarto de hora cada día al inicio de la clase, a partir del cual el maestro sacaría provecho de lo leído mediante intercambio didáctico con sus pupilos.
Fue entonces cuando las editoriales se volcaron en la publicación de Quijotes infantiles. El de la Mancha andaba por los libros de ortografía, aparecía en los volúmenes de refranes, de lectura reducida, con grandes dibujos. Muchos de estos ejemplares pueden observarse en las vitrinas de la Institución Libre de Enseñanza. Pero el valor más destacado por los profesores en la obra cervantina fue su idoneidad para formar costumbres y enseñar la verdadera moral de los hombres, según explicó la comisaria de la exposición, Gabriela Ossenbach.
La muestra incluye encuestas a los niños publicadas en los periódicos de principios del siglo XX, y los ya mencionados ejercicios de ingreso de políticos y artistas en el más antiguo de los institutos madrileños, el Cardenal Cisneros. De los fondos que se conservan en este centro se han sacado algunos de los materiales expuestos. Otra buena parte procede de la Biblioteca Central de la UNED, así como de colecciones privadas.
A aquel primer tercio del siglo XX se circunscriben las muchas celebraciones por el aniversario del Quijote, algo parecido a lo que ocurre hoy.
Después llegó la dictadura y la depuración de los maestros; aquellos cuadernos de ejercicios que se incautaban se convirtieron en
la prueba del delito o el pasaporte para seguir impartiendo el magisterio.
El Quijote en las aulas puede verse hasta el 27 de noviembre en la Fundación Francisco Giner de los Ríos (Martínez Campos, 14; Madrid).
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de octubre de 2005