La necesidad del gasto es un signo inequívoco de la cultura de la apariencia. El imperio de lo efímero se impone. La ceremonia de inauguración del Palacio de las Artes de Valencia ha propiciado vanidades, lealtades, exhibicionismos varios. Casi tres millones de euros cuestan unos conciertos de apertura que no pasan de ser un ejercicio de fuegos artificiales. No parece realista en este tipo de actos esperar que la calidad o los criterios de sentido común se impongan. Se trata de una traca, de una fiesta mundana que en la mayoría de los casos decepciona. Ocurrió con la reapertura del teatro Real o la del Liceo de Barcelona. Lo de Valencia no es ni mejor ni peor sino una variante más de la cultura del despilfarro.
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Otra cuestión es el futuro inmediato, la respuesta a esa pregunta obligada: "Y ahora que estamos aquí, ¿qué hacemos?". Pues sencillamente alterar el orden de prioridades, situar los contenidos por encima del continente, porque a estas alturas de la película, es decir, a un año de la puesta en funcionamiento definitiva, no se conoce qué es lo que se quiere hacer en el nuevo edificio, su proyecto artístico, educativo, sociológico o financiero. Todo lo que se proyecta está basado en acciones individuales. Están involucrados dos directores valiosísimos, Lorin Maazel y Zubin Mehta, un gran capital artístico si se utiliza con eficacia e inteligencia, pero son muchos los interrogantes. Motivos para la esperanza puede haberlos. Pero también para el escepticismo.
El edificio de Santiago Calatrava es imponente si se contempla desde una dimensión escultórica e incluso arquitectónica. La sala principal para la ópera, si se mira desde un punto de vista funcional, es otra historia. Tiene la estructura de un teatro a la italiana y la visibilidad es escasa o nula desde un montón de butacas. A estas alturas es algo que tiene difícil remedio. La acústica es difícil de enjuiciar con un solo concierto en una localidad concreta. En cualquier caso, desde el tercer piso, el sonido es muy directo, incluso agresivo, y favorece más a los grupos coral y orquestal que a las voces solistas, que cantaron siempre muy en primer plano del escenario. Con algún ajuste, es solucionable. De la decoración en porcelanas blancas y azules ya hablarán los escenógrafos cuando comiencen las puestas en escena. De momento el edificio lleva de 250 a 300 millones de gastos, un equivalente a La Bastilla de París.
Una de las triunfadoras de la noche fue una ausente: Esperanza Roy. Estuvo tan lánguida, tan sosa Angela Georghiu en la canción babilónica de La corte del faraón que la célebre artista española de variedades era recordada en cada corrillo al finalizar el concierto. Una señora, queriéndose referir a Esperanza Roy, tuvo un lapsus y dijo Esperanza Aguirre. La presidenta de la Comunidad de Madrid habría cantado, sin duda, con más picardía que Georghiu.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de octubre de 2005