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COLUMNA

Teoría de conjuntos

¿Es la Unión Europea una nación de naciones? No. ¿Lo es España? Es lo que está en discusión. ¿Lo es Cataluña? Dado que el proyecto de Estatuto considera a Arán una "realidad nacional con entidad propia" no es descartable que en otros 20 años lo sea. El exceso de bilateralidad (Cataluña-Estado) que rezuma el proyecto parece la antítesis de esa excelente idea de "España en red" que venía propugnando Pasqual Maragall. El proyecto de Estatuto responde a una visión ensimismada y proteccionista, poco acorde con la idea de integración europea y la globalización que tanto ha dinamizado a este país.

Una de las cuestiones que ha pasado más inadvertida es esa extraña idea-cerrojo recogida en el Preámbulo y en el articulado de que "el derecho catalán es aplicable de forma preferente". No puede serlo. Para empezar, en el marco europeo, y en general frente a todo Tratado Internacional. La Constitución europea recoge lo que incluso sin ella es ya doctrina jurídica desde que el putsch del Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas en 1963 y 1964 dejó asentadas la aplicabilidad directa del derecho comunitario y su primacía sobre el nacional, incluidas las Constituciones, y, por tanto, sobre el Estatuto catalán. Y si se produce un choque de normas entre el Estado y Cataluña es que una de las dos no es válida; no necesariamente la estatal. Ese lapsus, además de responder a una precipitación, puede ser sintomático: en el referéndum de la Constitución europea casi el 30% de los votantes catalanes y vascos se opusieron, una proporción mucho mayor que el resto de España. ¿Será que las locomotoras del europeísmo en España están gripadas?

Es también una forma curiosa la de este proyecto de entender la subsidiariedad, reparto de competencias entre los distintos niveles políticos, del global al personal, pasando por el europeo, el nacional, el regional, el local y otros. En el camino se ha perdido una parte de su significado, en su origen vaticano (1931, Encíclica Quadragesimo Anno), no sólo de autonomía, sino también de ayuda al nivel inferior, de solidaridad. Y la solidaridad, ya lo venimos advirtiendo, va a menos en Europa, y, por lo que se ve, en España. Nacionalismo e izquierdas están reñidos; o deberían estarlo.

En cuanto a la participación en la UE, es cuestión no resuelta desde nuestro ingreso en 1986. Pero no parece viable que "los representantes de la Generalitat participen directamente en todas las delegaciones españolas ante la Unión Europea que traten asuntos de la competencia de la propia Generalitat o que afectan al interés de Cataluña, y especialmente ante el Consejo de Ministros". Eso, en una España de 17 comunidades autónomas y en una UE de 25 Estados (pero que va para 35), no es posible. Esta Unión lo es de Estados consolidados (que son los responsables ante Bruselas), aunque sea positivo articular también realidades subestatales y en ella quepan perfectamente conceptos tan provechosos como la propuesta de Maragall de una Eurorregión Pirineos-Mediterráneo.

La Teoría de Conjuntos puede ser útil para analizar el problema. Las consideraciones sobre si el conjunto de los conjuntos que se contienen a sí mismos es a su vez parte de ese conjunto acabó llevando a Gödel a su famoso teorema, que, simplificando, revela que es necesario un metalenguaje para valorar algunas cuestiones de lenguaje. Al hablarse (no en el Estatuto) de "nación de naciones", nación puede no significar lo mismo en uno y otro caso. Pero, sobre todo, el metalenguaje que hay detrás de todo esto, y del actual debate en la UE, es el de la confianza y el de la soberanía. Éste es un texto de suprema desconfianza catalana que lleva a un reglamentismo e intervencionismo excesivos, lo que inspira desconfianza fuera de Cataluña. La palabra "España" se cita siete veces, frente a 244 "Estado" y 36 "Unión Europea". Es necesario asentar la confianza sobre bases sólidas. La tramitación de este Estatuto en las Cortes podría ser la ocasión de mejorarla, o, por el contrario, de agravarla. En cuanto a la soberanía, puede que a algunos les parezca poco acorde con este siglo XXI, y mucho con los XIX y XX. Y sin embargo es el tema agazapado; el de siempre. aortega@elpais.es

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de octubre de 2005