Siento alzar una voz discordante y me apresuro a manifestar el mayor respeto y comprensión hacia los implicados, pero creo inadecuadas las multitudinarias manifestaciones ciudadanas que, de vez en cuando, hipotecan las calles de Madrid. El domingo, 3 de octubre, tuvo lugar la "Fiesta de la Bicicleta" que, como la mayor parte de estas actividades, transcurre bajo mis ventanas lo que fiscalmente debería comportar una desgravación de impuestos. Advierto de que no es sólo la bici; durante el Gobierno anterior, hubo una auténtico sarampión sindical y cada lunes y cada martes este trozo de los bulevares podría haberse denominado la Avenida de la Pancarta.
No se puede sino estar de acuerdo con el fomento de las expansiones deportivas de los madrileños y su homologación, en cuanto a robustez, con las pantorrillas escandinavas, pero nuestros paisanos parecen tener hambre de calle y utilizan el menor pretexto para ocuparla, unas veces pedaleando y otras dándole pura y simplemente al calcetín, en las maratones pedestres.
Llama la atención la disparidad y, a veces, confrontación de propósitos, cuando nuestro Ayuntamiento pretende atraer a los turistas, al tiempo que, algún domingo que otro, bloquea la urbe y anula la red de comunicaciones de superficie. El itinerario de la fiesta ciclista fue publicado por los periódicos locales, en la creencia de que todos los ciudadanos leen la prensa, cual no es el caso. También las emisoras de radio y los programas regionales de televisión han dado cuenta previa del itinerante festejo, pero eso no incluye a otra porción, quizá más amplia, que no hojea periódicos ni está pendiente de los fastos locales. Es decir, que salvo los protagonistas -muchos, en realidad- hay ciudadanos a quienes estas francachelas lúdico-deportivas sorprenden y lastiman.
En principio, nada más loable que promover la locomoción sobre dos ruedas. Es ecológico, sano y bastante silencioso. No deben tenerlas todas consigo los organizadores por cuanto ese día trabajaron 240 policías municipales, 60 agentes de movilidad -que nos gustaría ver más a menudo-.
Y una exhibición sanitaria equivalente a cualquier gira papal, con un hospital de campaña, seis unidades especiales, 10 sanitarios en bicicleta y otros seis en moto. Entre las nueve y las doce de la mañana fueron alterados los servicios de la Empresa Municipal de Transportes: 42 líneas de autobuses se vieron afectadas, aunque el hecho de ser jornada festiva disminuye drásticamente estas prestaciones, por la creencia, firmemente implantada en las convicciones de los ediles, de que los madrileños que no cabalgamos un velocípedo nos vamos los domingos a la Sierra o nos quedamos el santo día en la piltra.
La cabecera de los festejantes es muy rápida y aunque mis dominios están alejados de la salida, hacia las 9.30 aparecieron los primeros esforzados. He de cruzar una ancha calle para tomar mi desayuno dominical y adquirir los periódicos. La cafetería estaba desierta, o casi, y el quiosquero amigo, cruzado de brazos, contemplando con gesto rencoroso el vistoso desfile rodado. Tendió, de mala gana, los diarios murmurando: "¿Por qué siempre aquí? ¿Por qué no se van a la Casa de Campo? ¿No quieren turismo? Pues me parece que no es el esperado".
Terminé mi café con churros e intenté vadear aquel río humano para regresar al hogar. Voy adquiriendo cierta maestría y, vigilando cuidadosamente los pelotones, pude colarme por entre un claro, dando una carrerilla impropia de mi edad. Una madre ciclista detuvo el ímpetu del niño que pedaleaba a su lado, y me dirigió una sonrisa de excusa, cuando el que estaba vulnerando la lógica vial era yo.
No es tema para tratar frívolamente. La ciudad está destripada, en permanente reparación, incómoda en muchos de sus tramos y con otras urgencias. Es plausible el fomento del deporte, y desmesurada e irreal la vanidosa atribución de estos eventos que algún funcionario ha fijado en 500.000 o 600.000 participantes. Cortar en dos una ciudad que, en domingo, pretende ofrecer museos y otras distracciones resulta, cuando menos, antipático con ribetes ofensivos.
Durante esas horas se venderán menos periódicos, revistas y libros baratos; y serán servidos menos cafés, chocolates, churros o tostadas con aceite, sin que nadie resarza estas pérdidas. Los 300 agentes, las dietas correlativas y demás gastos, salen de la faltriquera de todos, en beneficio y satisfacción de unos cuantos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de octubre de 2005