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Reportaje:

El Desengaño se traga la Luna

La calle del Desengaño y su entorno guardan buena parte de la historia de Madrid que convive con su transformación

En el callejero de Madrid, como en un libro hermético, se lee entre líneas la crónica y la leyenda, el paso y el peso de los siglos, las veleidades de poderes efímeros que quisieron eternizarse con desigual fortuna inscribiendo en el nomenclátor urbano sus nombres y sus gestas. La calle del Desengaño, breve y oscuro callejón, lúgubre trastienda hoy de la Gran Vía, ha resistido con su tristísima placa, casi siempre acorde con su mala fama, los embates del tiempo. La decepción a la que alude su nombre es objeto de disputa entre los cronistas cortesanos, disputa en la que no puede mediar, esta vez, el minucioso y ameno Pedro de Répide que en su imprescindible guía, Las calles de Madrid se olvida de ella, misterioso lapsus en un autor castizo, amigo de nocturnidades, bohemias y quimeras. La versión más difundida del suceso que bautizó la calle, cuenta la peripecia de dos caballeros que acosaron con nocturnidad, alevosía y en descampado a una dama embozada que les desengañó para siempre al descubrir bajo los velos de luto una espantable calavera; un ejemplo más de cuento cristiano de fantasmas con moraleja y llamamiento a la redención de pecadores de los que tanto abundan en la literatura piadosa española.

Subsiste al menos el rótulo eufemístico del 'Pototeo Club' con los del Chouí y el Amador

Ballesta recibió su nombre de un cazador tudesco que instaló en un corral un tiro al blanco

Otra leyenda, del mismo género, aunque mucho más verosímil e incitante, relata la aventura de don Jacobo de Grattis, seductor modenés afincado en la calle de Jardines, así llamada por los de su lujosa y céntrica mansión. Acechaba una noche el caballero a una de sus presas por estos andurriales cuando le salió al paso, espada en mano, un inesperado oponente, su galán, el defensor de su honra, pensó el frustrado modenés, reputado espadachín como convenía a su arriesgada afición noctámbula, pero el celoso rival acabaría imponiéndose en la contienda y tras desarmar al acosador, con un gesto de medido desprecio, descubrió el rostro y en vez del fiero gladiador, apareció la faz desafiante y burlona de una hermosa mujer. Más burlas y desafíos: dos siglos más tarde, la calle del Desengaño, ya bautizada, trocaría su leyenda en realidad al situarse en ella la vivienda de doña Ignacia, hija de un zapatero remendón que trajo de cabeza a otro burlador también burlado, otro Jacobo, Giacomo Casanova, que en sus memorias reconoce haberse quedado con la miel en los labios en el asedio de la pícara zapatera al que consagró tiempo, labia y capital, siendo esto último lo que más debió dolerle al tahúr veneciano que en sus desenfadadas memorias lleva minuciosa cuenta de sus conquistas y de los ducados invertidos en ellas.

En Desengaño, esquina con del Barco, bajo la lápida que recuerda que allí vivió José Martí, héroe de la independencia de Cuba, hacen tertulia media docena de hetairas de donde nace la palma, apoyadas en el quicio de un supermercado chino, voces del Caribe y de África, carnes exuberantes que rebosan de los ceñidos pantalones y de los tops mínimos. En Barco hay un edificio que es como una delicada tarta de cumpleaños, nata y fresa y, junto a ella, un solar protegido por una valla de vidrios rotos.

A la calle del Barco da la fachada posterior del convento de las madres mercedarias de don Juan de Alarcón, colegio ayer de niñas, hoy concertado y mixto en cuyo templo del siglo XVII se guarda el cuerpo incorrupto, momificado apuntan los descreídos, de la beata Mariana de Jesús que para huir de las asechanzas de la carne y de un matrimonio no deseado, se acuchilló los labios y los párpados, argumento definitivo para que sus desolados progenitores accedieran a su deseo de ingresar en un convento. Conventos y lupanares, tabernas y garitos forman la esencia del barrio desde sus anales, purgatorio entre el cielo y el infierno. El convento mercedario en su fachada de la calle de Valverde se ilumina de noche con los descarados neones de un rutilante sex-shop. Junto a las rejas del templo conventual en la calle de la Puebla, La Nueva Pedagógica, papelería, librería y manualidades, desmiente su novedad exhibiendo en sus vetustos escaparates, obsoletos cuadernos y material escolar más útil a la nostalgia que a la pedagogía. La calle de la Puebla mantiene a duras penas su especialización en el ramo de la luminotecnia clásica, tulipas y plafones anuncian los rótulos y en las vitrinas espejean cien clases de lágrimas de cristal. En la calle de La Puebla vivió mucho tiempo Ramón Gómez de la Serna, que se la merecía. En la esquina de Puebla con la Corredera se asienta la singular iglesia de planta elíptica y profusa decoración barroca de San Antonio de los Alemanes, que antes fue de los Portugueses, con los reales frescos de Luca Giordano, Lucas Jordán para los madrileños que lo adoptaron y la bóveda de Carreño y Rizzi. San Antonio es colegio de monjas concertadas y refugio en el que desde el siglo XVI, se dan comidas a los indigentes. La antigua ronda del pan y el huevo se ha transformado en un piscolabis que la hermandad sigue repartiendo todas las tardes entre inmigrantes y mochileros, vagabundos que vagan siempre por las mismas esquinas y trotamundos que conocen la sopa boba de varios continentes.

Ballesta que va de Puebla a Desengaño fue el emporio de las barras americanas, subterfugio y coartada de una prostitución disfrazada de alterne y descorche por necesidades del hipócrita guión de la moralidad franquista. Los bares americanos de la calle de la Ballesta vivieron su esplendor en los años cincuenta y sesenta y se anunciaban sin recato en los programas matinales de Radio Madrid, su emisora vecina de la Gran Vía, en un horario sorprendente: los golfos noctámbulos, clientes potenciales de los establecimientos dormían a esas horas en las que la mayor parte de la audiencia la formaban amas de casa que abarrotaban también los estudios para participar en ágiles concursos de preguntas y respuestas o juegos de palabras como el del pototeo en el que se trataba de adivinar qué actividad se ocultaba bajo el verbo genérico pototear. En la calle de la Ballesta subsiste al menos el rótulo eufemístico del Pototeo Club, con los del Chouí, el Amador o el Tú y yo. La calle de la Ballesta recibió su nombre de un cazador tudesco que instaló en un corral un tiro al blanco en el que se disparaba sobre fieras encadenadas. De cadenas y esclavitudes guardan memoria los tugurios supervivientes, tuertos de luces, desconchados, cavernosos y decrépitos. En la calle de La Ballesta vivió el calígrafo Valliciergo y la historiada lápida que le dedicaron sus discípulos es un delicado ejemplo del olvidado arte. Más primorosa y menos sombría que la que recuerda unos portales más abajo la presencia de Rosalía de Castro que salió de esta vivienda para casarse en la vecina iglesia de San Ildefonso. En los bajos de la casa hay un mesón gallego, libertario y vegetariano en el que se escucha música punk y se bebe cerveza.

Decían los castizos que casarse en San Martín traía mal fario porque los novios entraban a la iglesia por la calle de La Luna y salían por la del Desengaño donde se encuentran los despachos parroquiales. San Martín es la parroquia de este barrio pecador cuyos vecinos sufren en vida los rigores del purgatorio urbano, cuerpos en pena en un escenario que no llega a ser dantesco porque le sobra lo cutre. En la puerta del templo, donde estaba el mendigo, han puesto un guardia jurado que vigila para que a San Martín no le quiten la mitad de la capa que le queda, la otra mitad se la entregó a un menesteroso para que se cubriera a medias lo que él se descubría, obra de misericordia demediada y bastante cutre también.

A Santa María Soledad Torres Acosta que tiene su plaza frente a San Martín le montan grandes aquelarres todos los fines de semana y la policía sigue en el limbo siempre que la sangre no llegue al río y el caudal del arroyo sea de alcohol, de vómitos y orines. A Santa María Soledad no le vale la protección de San Martín, ni la de San Plácido, ni la de Nuestra Señora de la Buena Dicha que le andan cerca. El convento de San Plácido, valga la paradoja, anduvo muy alborotado con historias de monjas endemoniadas, confesores del demonio, íncubos y súcubos, inquisidores y cortesanos y un rey pasmado y trotaconventos, Felipe IV. La iglesia de la Buena Dicha, y de las interminables obras, está en la calle de Silva y es un edificio pintoresco edificio neogótico y neomudéjar que durante algunos años guardó el cuerpo embalsamado de Eva Perón. Quizá esta profusión de historias tenebrosas y leyendas de ultratumba tenga algo que ver con la proliferación en el entorno de comercios dedicados al terror, el gore, la ciencia-ficción y los relatos de espada y brujería, al cómic y al cine fantástico y de aventuras y a las camisetas con mensajes provocativos. Las neotiendas, los locutorios y los superchinos desplazaron a los comercios galdosianos de La Puebla y La Corredera, del Pez y del Desengaño.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de octubre de 2005