Ciertamente, de haber vivido en tiempos más amables habría sido un escritor de cierto mérito, pero, como simiente en la tierra, su conciencia fue a caer en la rastrojera de Hitler, de Stalin, de la guerra civil española, de los trotskistas ingleses, y dadas las leyes del crecimiento orgánico, el desarrollo de aquel brote ya no pudo tener la airosa ligereza de un gladiolo sino la fortaleza indestructible de una pita. Él representa el linaje intelectual en una época dominada por la bastardía. No pudieron con él ni los despiadados aristócratas británicos, ni la necia burguesía, ni los resentidos comunistas, ni los nazis vesánicos, a George Orwell le mató un microbio, el enemigo más poderoso de los humanos, un bacilo.
Sin embargo, trataron de machacarle todos los enemigos de aquellas cualidades que Orwell admiraba y practicaba: el coraje para defender la libertad individual, el rigor intelectual capaz de sostener un razonamiento con solidez, la honradez que busca remedio para la vida a todas luces injusta de millones de personas sometidas a la arrogancia de los poderosos. Fue, desde luego, un gran tipo, pero no lo habría sido sin la ayuda del horror. Su talento consistió en aprovechar la inercia masiva del terror para combatirlo. Así, por ejemplo, como testigo de los asesinatos cometidos por los comunistas en Cataluña durante la guerra civil, no podía callar, a pesar de que sabía que su testimonio iba a levantar una nube de calumnias en su contra y que se quedaría solo. Pero empinado en la destructora ola del totalitarismo, cabalgando sobre ella, tomó una altura superior a la de sus sepultados contemporáneos.
En aquella Europa estúpida y canalla, Orwell, Camus, quizás también Koestler, son las escasas figuras que se mantuvieron tenazmente aferradas a una honestidad intelectual peligrosa en el océano de oportunistas y aprovechados a los que los propios comunistas llamaban "tontos útiles", gente de buenos sentimientos, almas bellas que tragaron cuantas mentiras les dictó el poder de derechas y de izquierdas, y cuyos oídos permanecieron taponados hasta que se les dio la orden de abrirlos durante un rato. Luego los volvieron a cerrar hasta nueva orden.
La supervivencia de los testigos incómodos de aquella época ruin demuestra su valor de clásicos, modelos para quienes osamos vanidosamente hablar en público. Todavía hoy es aconsejable leer a Orwell, a Camus, a Koestler, a pesar de que ya no existe la URSS, Argelia querría ser francesa, y la eutanasia lleva camino de legalizarse, no por los principios éticos que defendía Koestler, sino para rebajar la factura. En cambio, no hay quien lea una línea de lo que escribieron sus exitosos enemigos. La mentira y sobre todo la mentira ideológica, es decir, la que afirma expresar principios morales pero esconde intereses dinerarios, engaña sólo unos años, mientras haya gente que se enriquece y desea fervientemente ser engañada. En cuanto muda de lugar el centro de reparto, como ahora con el nacionalismo, los héroes morales cambian de principios de la noche a la mañana y se les ve correr pasillo arriba, pasillo abajo con una escudilla en la mano. Antes defendían al proletariado internacional. Ahora a la oligarquía local.
El principio al que jamás renunció Orwell es muy simple y me van a permitir que lo cite en su lengua original: "If liberty means anything at all it means the right to tell people what they do not want to hear" ("The Freedom of the Press"). Es decir, "Si liberty significa algo, ha de ser el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír". He dejado una palabra en inglés porque implica un matiz que el español, poco ocupado en estas finuras, no puede dar. Vean que Orwell utiliza la palabra "liberty" y no "freedom", la cual sí aparece en el título del artículo de donde tomo la cita. Por "liberty" hay que entender la libertad para vivir a tu albedrío, sin restricciones gubernamentales y autoritarias, faculty or power to do as one likes, dice el diccionario Oxford. Es por tanto una actividad personal. En cambio "freedom" es el derecho de decir o hacer lo que uno quiere según las reglas de la convivencia. Como es lógico, por ser un derecho, el segundo concepto se regula mediante ley. Así que la lucha por la libertad de expresión pertenece a la "freedom", pero la "liberty" es cosa de cada cual, algo que uno usa o deja pudrir. Por eso decimos en español, "me tomo la libertad de decirle a usted lo que no quiere oír". La libertad personal hay que tomarla, empuñarla por uno mismo, sin ayudas legales. En España hay millones de defensores del derecho a la libertad de expresión, pero casi nulas defensas de la libertad personal, de la responsabilidad individual.
Lo que a Orwell le parecía liberador era enfrentarse a aquello que el gobierno, la autoridad y la gente (la opinión pública) quiere imponernos, sea por negocio, comodidad, pereza mental, conservadurismo, inercia, maldad, misoneísmo o alucinación. Ahora bien, para poder decir algo que contradiga o corrija la presente opinión, es preciso que los presentes escuchen. Para disentir es necesario estar entre la gente de uno, los afines, los camaradas, porque disentir de los adversarios en territorio adverso es una obviedad y no sirve para nada.
Manifestar grandiosamente ante los colegas lo que están deseando oír, o bien atacar al adversario ante un público exclusivamente compuesto por los nuestros, no es practicar la libertad sino ganarse un dinero honradamente. En resumen, para Orwell la palabra libertad es sinónimo de insumisión. La libertad personal es molesta, es antipática, nos incomoda y por eso todo el mundo trata de aplastarla. En opinión de Orwell, la Gran Bretaña ha dado pocos insumisos, Swift, Defoe, Hazlitt, Cobbett, Dickens, Morris, Russell. Los demás y muy especialmente los intelectuales de su generación no eran sino "cortesanos, covachuelistas (parlour creeps), arribistas, estira levitas (toadies), codiciosos, imperialistas, triunfadores horteras, lameculos o íncubos de moqueta (backstair crawlers)", según la taxonomía establecida por su inteligente biógrafo Bernard Crick.
Ciertamente, es un juicio riguroso, en absoluto benévolo, pero la competencia se lo devolvió con creces. Durante toda su vida hubo de soportar la parcialidad, la visceralidad y el sectarismo de la prensa británica: "No sé cuál es más apestoso, si el Sunday Times o el Observer. Voy del uno al otro como el inválido que se remueve en la cama sin encontrar una posición que alivie su sufrimiento". Y si la prensa, la opinión pública oficial, le ponía enfermo, aún soportaba peor el conformismo, el gregarismo, el borreguismo de la sociedad, tanto en sus formas débiles como en las fuertes: "La Ayer, mientras caminaba, vi a un niño de unos siete años, tal vez menos, colgado de la puerta de un autobús avisando a la gente que era el autobús para Tlalitax; también vi a una niña, más pequeña aún, que cargaba un acordeón con el que apenas podía caminar, cantaba y tocaba para conseguir unas monedas; una niña de apenas tres años corría ilusionada con dos ciruelas que un señor le había regalado para que se las diese a sus papás que, sentados en el suelo, pedían unas monedas; hablé con un niño de ocho años que cargaba un montón de cajas de fruta usadas para arreglarlas y revenderlas (aún no me explico cómo era capaz de portear esa carga), a lo lejos vi cómo un niño bolero limpiaba los zapatos a un señor que leía el periódico.
Desde el autobús vi a tres niños, hermanos seguramente, que jugaban mientras su mamá vendía chicles en el semáforo. Un niño con la cara pintada como un payaso contaba chistes y chascarrillos mientras el autobús me conducía hacia la realidad. Le oí decir: "Los papás tienen derecho a trabajar y los niños a jugar". No lo dije yo, lo dijo un niño. Y los niños nunca mienten.
El mundo es injusto, los papás no tienen trabajo y los niños no pueden jugar. Éste es el día a día no sólo en lugares como México, sino también en países tan desarrollados como España. ¿Quién no ha visto a una mamá pidiendo unas monedas con su bebé en los brazos, quién no ha visto a unos niños a cargo de sus hermanitos menores porque su papá nos limpia el parabrisas del coche, mientras lo maldecimos por el simple hecho de intentar sacar su familia adelante? El mundo es injusto los papás no tienen trabajo y los niños no pueden jugar.
No es cuestión de caridad, sino de justicia. No es fácil cambiar el mundo, pero lo justo sería cambiarlo. ¿Cómo cambiarlo? Cada uno sabe muy bien lo que tiene que hacer, pero claro, volvemos a lo de siempre: es más fácil mirar hacia otro lado, o no terminar de leer esta absurda carta.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de octubre de 2005