mo, masoquismo, idolatría del éxito y del poder, nacionalismo y totalitarismo es un asunto capital del que ni siquiera se ha explorado la superficie". Si viera en lo que se han convertido cinco de estos seis términos y cómo han dejado de ser peyorativos o despreciables, comprendería por qué ha desaparecido del vocabulario periodístico la palabra "totalitarismo". Ya no es necesaria y estropea la belleza del conjunto.
Tan extrema insumisión le mantuvo al margen de la sociedad fáctica, la cual, en cambio, recibía con alborozo a comunistas y nazis en las fiestas de canapé y chistera, mientras Chamberlain iba regalando poblaciones a Hitler. Fue machacado tanto por la crítica oficial conservadora como por la de la izquierda remunerada. Es mentira que su Homenaje a Cataluña (1938) tuviera la menor repercusión fuera del círculo de los que deseaban quemarlo en una pira. El libro fue bombardeado por todos los opinadores conocidos y populares, fueran de derechas o de izquierdas, y no se reimprimió hasta 1951. Aún entonces quedaban 1.500 ejemplares por vender. En ese libro Orwell había dicho lo que nadie quería oír, algo que destruía el romanticismo de una guerra sureña, de milicianas ojizarcas con aroma de ajo y jazmín, como las del trivial Ken Loach. Como es lógico, los empleados del Partido Comunista Británico escribieron en toda la prensa progresista que Orwell estaba al servicio de Franco. Esos mismos héroes populares habían aceptado sin mover un músculo el pacto de Stalin con Hitler. E incluso lo explicaron a las pobres masas desorientadas.
Su fama y reconocimiento sólo llegaron con la publicación de Animal Farm (1945) y sobre todo de la impresionante 1984 (1949). Comenzaban la Guerra Fría y el Equilibrio del Terror, y a los británicos se les permitió abrir un momento los oídos para recibir un par de informaciones sobre Stalin, aunque sobre Hitler y el holocausto no se informaría seriamente hasta los años sesenta. De inmediato todos reconocieron con grandes cabezadas que el único que había mantenido una postura honesta e inteligente era Orwell. Lo descubrían un poco tarde. Orwell murió al año siguiente. Aunque no para sus lectores.
Félix de Azúa es escritor.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de octubre de 2005