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COLUMNA

Ilusiones

La Junta de Andalucía cuenta con consejerías de Agricultura y Pesca, de Empleo, de Cultura, de Medio Ambiente... Y todo eso está bien, como no hace falta ni decir. Pero tal vez sería conveniente la creación de algunas consejerías que se ocupasen de asuntos abstractos, para que no todo atendiera a lo palpable, a la maquinaria concreta de la realidad, ya que, a fin de cuentas, el entramado profundo de nuestra vida se funda en entelequias: el amor y el odio, la felicidad y la desdicha, los sueños y las frustraciones... Nos interesa que el pescado y las hortalizas lleguen en buenas condiciones y a buen precio a las lonjas, por supuesto; nos tranquiliza el hecho de que en los hospitales puedan aliviarnos el dolor, aplaudimos que se vigilen y preserven los espacios naturales y el patrimonio artificial, pero... La vida está hecha de muchas otras cosas. (De demasiadas tal vez.)

Estaría bien empezar, digo yo, por la creación de una Consejería de Pequeñas Ilusiones Incumplidas. Una consejería que se encargase de gestionar las modestas quimeras irrealizadas, las humildes aspiraciones de la imaginación. Llegaría uno a la Consejería de Pequeñas Ilusiones Incumplidas y entregaría su instancia: "Mi sueño ha sido siempre ver Osuna, que es mi pueblo, desde el aire". Y los funcionarios se pondrían de inmediato a estudiar el modo de poder satisfacer esa fantasía, estableciendo contacto con algún organismo oficial que cuente con avionetas: "Oye, cuando vayáis a sobrevolar Osuna, avisadnos, que tenemos aquí una petición". Y, una vez concertada la fecha, avisarían al interesado. "El próximo viernes a las 9,30 tiene usted que estar en tal aeródromo". Y así.

Claro que siempre llegaría alguno con quién sabe qué petición desmesurada: "Mi ilusión incumplida es tener un yate de 20 metros de eslora con Laetitia Casta tomando el sol en cubierta". Y eso habría que echarlo para atrás, porque el propio presidente de la Junta le diría: "Toma, y la mía también". O bien que una señora presentara una instancia en los términos siguientes: "Mi pequeña ilusión incumplida es que me rapte Antonio Banderas disfrazado de bandolero y que me tenga una semana dando tumbos a caballo por la Serranía de Ronda". Y no se trata de eso.

"Me gustaría que me localizasen el cromo nº 27 del álbum Vida y color, porque llevo años 30 años buscándolo y es el único que me falta". O bien: "Me gustaría hacerme una fotografía con Curro Romero". O quizá: "No quisiera morirme sin visitar la Mezquita de Córdoba". O tal vez: "Estoy en silla de ruedas y me gustaría subir a la Giralda". Cosas así. Pequeñas tonterías. Pequeñas ilusiones intrascendentes que adquieren la trascendencia de un capricho incumplido. Porque la vida refuerza su sentido en lo insignificante. Porque lo accesorio acaba situándose en el núcleo de lo primordial. Porque nos conformamos con poco.

Aspiramos a ser felices en contra incluso de nosotros mismos, con el tesón implacable de los soñadores. De los soñadores de pequeños sueños, de pequeñas ilusiones que deberían tener, ya digo, su consejería, porque estamos hechos de esos sueños. De casi nada, en fin, como quien dice.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de noviembre de 2005