Hace muchos años, en la escuela pública de un barrio de inmigrantes de un municipio próximo a París, nos contaron la historia de la periferia. Lo de ciudad dormitorio aún era una denominación que no hacía justicia al esfuerzo oficial por resolver la masificación demográfica con equipamientos decentes. El profesor nos contó que en aquellos territorios del norte de la capital, en el siglo VII, "cazaba el rey Dagoberto". Residía en su palacio de lo que más tarde fue Clichy-la-Garenne y murió en su residencia en Epinay-sur-Seine, una de las zonas incendiadas estos días. La charla del profesor continuó y nos habló del abad de Saint-Denis, que se enriquecía con donativos reales. Lo que vino a decirnos aquel profesor era que distribuir la riqueza y socializar los recursos era mejor que mantener privilegios hereditarios o impuestos por la gracia de Dios.
Al hilo de la rebelión de las periferias francesas, una pequeña historia de cómo se ha llegado a la violenta situación
Siguiendo la rebelión de las periferias francesas, sin embargo, parece que privilegios y abusos han cambiado de manos y siguen perjudicando a la mayoría. Aulnay-sous-Bois, Epinay-sur-Seine, Aubervilliers, Asnières... son piezas de un rompecabezas con, además de problemas, logros que agonizaron por falta de atención. París extendió su primer cinturón y, como cuando lanzas una piedra a un estanque, los círculos concéntricos fueron ocupando nuevos territorios cada vez más marginados. No fue una colonización inocente. Intervinieron recalificaciones, políticas de implantación de polígonos industriales, grandes superficies comerciales y centros de distribución a escala europea. En los años sesenta y setenta, el urbanismo que hoy parece penitenciario resolvió muchos problemas. En los ochenta, en cambio, coincidieron el desconcierto gubernamental, la corrupción de las ayudas sociales y un deterioro de la política educativa. Los ayuntamientos descubrieron que sus equipamientos, sobre todo los culturales, habían sido tomados por grupos de jóvenes que actuaban como dinamizadores pero también como legítimos denunciantes del orden establecido. La red de bibliotecas, mediatecas y maisons des jeunes suponía un peligro para el discurso oficial, pero se enfrentaba a amenazas como la de Le Pen. Aquella radicalidad subvencionada dejaba al descubierto la mayor contradicción del sistema: si no puedes asegurar los derechos de todo el mundo, tampoco podrás exigir los deberes. La droga hizo el resto. Entró en todos los barrios y cambió estructuras sociales, códigos de conducta y sistemas de valores. El rey Dagoberto ya no salía a cazar, pero sí lo hacían los mafiosos, amparados por coartadas de un progresismo proteccionista que, en la práctica, les exigía parecer lo que eran.
Hoy los violentos activan las únicas señas de identidad que la injusta distribución de las oportunidades de intregración ha creado para ellos. Los que hayan vivido en estos barrios saben que la fuente más fiable de información es la observación. Si ves que quien trafica con armas, mujeres o droga vive como un rajá, te preguntas a qué viene tanta impunidad. Hacen falta policías por omisión, pero tambien un discurso que venera una multiculturalidad utilizada más como tapadera que como estrategia de aluvión. Desactivados los radicalismos subvencionados, se confraternizó con el fanatismo religioso en un contexto explosivo. "En los barrios periféricos, los jóvenes procedentes de la inmigración se declaran abiertamente seguidores de la Intifada, estructurando su territorio como campos de refugiados, definiéndose como refugiados frente a la policía, a la que perciben como un ejército de ocupación, identificándose con los valores y los principios de acción de movimientos como Hamas o Al-Qaeda", escribe el historiador y economista Nicolas Baverez en su libro La France qui tombe.
El laicismo fue devorado por una empanada que confunde tolerancia con caos y disciplina con represión, y que estimula explosiones que tienen más de suicidio social que de batalla ideológica. Los nuevos Dagobertos seguían cazando sin visitar la escuela, luciendo coches que estaba prohibido incendiar y controlando territorios como lo hacen los señores de la guerra en según qué países. La mayoría los sufría y las autoridades no se atrevían a intervenir porque allí había pocos votos que ganar y muchos que perder. En mayo de 2002, el ex presidente de SOS Racismo Malek Bouthi decía: "Quiero hablar en nombre de aquellos a los que nunca escuchamos, los que no queman coches cuando hay cámaras delante, y que reclaman que todo eso cambie. Todo el error proviene del hecho que hayamos convertido la libertad en un producto de consumo". La libertad no fue el único pilar que se deterioró. La fraternidad y la igualdad también sufrieron lo suyo, y hoy las tres piedras fundamentales del Estado están bajo sospecha. Los focos de peligro se multiplican: mafias, extremismos simétricos, fundamentalismos y, en las calles, una infantería joven que ha crecido en un ambiente en el que la violencia es una forma de ocio. La hipotesis que muchos aplaudían en privado se ha hecho realidad: que se devoren entre ellos. Lo que no habían calculado es que hubiera tantos caníbales.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de noviembre de 2005