"Fui a Egipto. Sentí el paso del tiempo, tantos ayeres acumulados allí". Las palabras de Borges pueden aplicarse a la nueva exposición del Museo Egipcio de Barcelona, Paraules divines, dels jeroglífics a l'egiptologia, que reúne piezas faraónicas relacionadas de alguna manera con la escritura y una espléndida muestra (la primera) del excepcional fondo bibliográfico del centro. Libros señeros de la historia de la egiptología y objetos del antiguo país del Nilo entablan un diálogo de milenios y refuerzan mutamente su fascinación.
El recorrido por la exposición es una sucesión de estremecimientos para el amante del antiguo Egipto y de la gran aventura de su descubrimiento. El misterio de las momias y el resplandor de las pinturas de las tumbas emanan de las viejas estampas de los libros abiertos. En una vitrina puede verse la firma de puño y letra de Howard Carter en una dedicatoria de su libro sobre el hallazgo de la tumba de Tutankamón. En otra, un ushebti -una figurita funeraria- de Seti I se muestra junto a un libro de 1820 de Belzoni con un un retrato del gigantesco explorador que abría las tumbas con dinamita y las recorría (entre ellas la del primer Seti) utilizando como pequeñas y fugaces antorchas preciosas estatuillas de madera como la que se exhibe.
Figuran en la exposición preciosas ediciones de bibliófilo de obras de Kircher, Bruce (con sus inolvidables dibujos de la tumba del arpista), Champollion y el legendario Abdelatif. En otra vitrina se despliega una gran vista de Karnak con unos soldados franceses empequeñecidos por las ruinas colosales del templo tirando de un camello con una caja de pollos y un colchón. Es una lámina de uno de los volúmenes de la impresionante Description de l'Egypte, la obra enciclopédica de los sabios de la expedición de Bonaparte. El museo posee la obra entera: 26 volúmenes de texto y 11 de láminas. Otro tesoro para el egiptómano es una carta de Ippolito Rosellini a su maestro, Champollion, sobre la contestación al desciframiento de éste de los jeroglíficos. El discípulo se refiere en la carta a un colega envidioso y confía en que "Min generador le dé con su tremenda arma" (una erudita y maliciosa alusión al pene enhiesto que caracteriza al popular dios). En el sobre de la carta, el propio Champollion escribió una lista de objetos para un viaje (incluido un paraguas, así que no debía de ir a Egipto).
Junto a los libros, piezas arqueológicas del museo, incluidas algunas inéditas, entre ellas la última adquisición, una tríada de granito del Imperio Medio, aún en estudio, que muestra a tres personajes masculinos y cuya parte posterior está cubierta de jeroglíficos. La presencia de éstos es la característica común a la mayoría de los objetos expuestos, entre los que se cuentan también estatuas y relieves de escribas. La idea es relacionar los dos mundos, el de la civilización egipcia, fundamental en el desarrollo de la escritura, y el del mundo literario surgido durante el largo sueño del olvido de los faraones y el nacimiento de la moderna egiptología. La exposición documenta cómo el egipcio cubría de jeroglíficos cualquier soporte en prueba de su importancia cuasisagrada. No en balde, escritura se decía mdw-ntr, "palabras divinas".
El coleccionista Jordi Clos, presidente de la fundación de la que depende el museo, destacó que la biblioteca supera ya los 10.000 títulos y relató las peripecias para conseguir algunos de los libros. En una prueba de egiptofilia, Clos ha cedido para la exposición un gran óleo del célebre David Roberts -Morning in Kom Ombo, 1854- que ha dejado un vacío faraónico en el comedor de su casa.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de noviembre de 2005