Como James Stewart en ¡Qué bello es vivir!, Orlando Bloom está al borde del suicidio en Elizabethtown. Dos fracasos económicos han llevado a estos héroes de la América más tradicional, la del triunfador llegado desde la nada, a arrojar la toalla. Así que el espíritu del new deal de Roosevelt sigue vivo en la América de George Bush. Al menos así parece en Elizabethtown, sexta película en la carrera de Cameron Crowe, imbuida por el duende de Frank Capra.
No por casualidad, la obra del magnífico Norman Rockwell, algo así como el Capra de la pintura americana, está omnipresente en la trama, con sus niños traviesos, sus cenas alrededor del pavo, sus cercas de madera blanca, sus jornaleros al pie del camino y, sobre todo, con la forma de filmar estas escenas por parte de Cameron Crowe.
ELIZABETHTOWN
Dirección: Cameron Crowe. Intérpretes: Orlando Bloom, Kirsten Dunst, Susan Sarandon, Jessica Biel. Género: melodrama. EE UU, 2005. Duración: 122 minutos.
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El director de Solteros y Vanilla sky ha construido una fallida fábula sobre el triunfo y la decepción, sobre la aparente diferencia entre el fracaso y el fiasco. Fallida porque, como ya le ocurría a Casi famosos, su gusto por la buena música termina perdiéndole, no ya por exceso (que quizá también), sino porque muchas de las escenas parecen construidas pensando mucho más en la huella que proporciona una canción y su melodía que en la que deja el pasaje de la historia que está contando.
Crowe parece pretender, como buena parte de los novelistas estadounidenses en su área, la gran-película-americana, y, a pesar de que Elizabethtown contenga algunos grandes momentos, sus ansias se pierden en un mar de llamadas telefónicas y melodías pop que, más que una síntesis con las imágenes, se comen a la historia.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de noviembre de 2005