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Crítica:22º FESTIVAL DE JAZZ DE MADRID

Cuatro manos, dos gorros

Lo que en el género clásico se denomina un recital a cuatro manos, como es el jazz, fue a cuatro manos y a dos gorros, los que ambos pianistas lucieron, con la visera mirando hacia la salida de emergencia. Un detalle con el que seguramente quisieron marcar las distancias con respecto a los virtuosi que suelen pisar el mismo escenario del Auditorio Nacional, tan inapropiado para la música de jazz, por otra parte. La velada estaba anunciada a la mayor gloria del compositor, pianista y ocasional cantante Michel Legrand, bien conocido por su música para el cinematógrafo y, menos, por su obra jazzística, que la tiene, y de calidad (escúchese su disco Legrand jazz, de 1958). Que semejante celebridad no colmara el aforo constituye un hecho difícilmente explicable. Más cuando su partenaire iba a ser el cubano Chucho Valdés.

Chucho Valdés & Michel Legrand a dos pianos

Chucho Valdés, Michel Legrand, pianos Auditorio Nacional. Madrid, 9 de noviembre.

Eran el uno frente al otro, Legrand llevando la voz cantante, Valdés respondiéndole y, de por medio, un surtido de melodías archiconocidas que uno hubiera tarareado gustosamente de no estar semejante práctica prohibida en el recinto de marras.

La noche arrancó con Watch what happens, de donde se pasó a Un été 42 (aquí, Verano del 42), Family fugue, la preciosa What are you doing the rest of your life; Ray's blues, dedicada a Ray Charles, y All the things you are, única pieza de la noche no escrita por Legrand (sus autores son Jerome Kern y Oscar Hammerstein II).

En noche tan previsible, el final fue el que cabía esperar, con los inevitables Paraguas de Cherburgo, cuya melodía repitieron los pianistas unas doscientas veces a tiempo rápido y lento, a ritmo de tango y de chachachá... Hubo ovación y vuelta al ruedo, o al escenario, y un bis, Windmills of your mind, perteneciente a El caso de Thomas Crown.

Determinar si asistimos a un acontecimiento galáctico o a un fiasco monumental es algo difícil de precisar. Todo depende de si a uno le gustan las cabriolas y las carreras frenéticas a lo largo del teclado o se queda con los momentos de auténtica hondura, que los hubo, en los que los intérpretes hicieron gala de su amplia cultura jazzística, más por parte del cubano que por la del francés: la personalidad como ejecutante de éste aparece diluida en la de quienes le han inspirado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de noviembre de 2005