Los cuentos infantiles han sido desde antiguo una fuente inagotable de material argumental para el ballet. Pensemos en La bella durmiente o en Cascanueces, hasta llegar en el siglo XX a La cenicienta (Prokofiev) o al Gato con botas (Roland Petit/Chaikovski/Svoboda). ¿Y esto por qué, pues los ballets resultantes al entrar en el repertorio no son precisamente obras para la infancia sino para todo género y edad? Krasovskaia lo explica por dos factores: el constante trufado de lo feérico que facilita el entrar en los "actos del sueño y la fantasía" y la más que comprensible linealidad argumental, además de una metafórica bienintencionada y canónica a los tiempos de esplendor de ballet narrativo. Y quizá es por este peso que en esta Blancanieves hay un exagerado cúmulo de referentes casi literales a todo ese repertorio: el primer acto del Lago de los cisnes; el Adagio de la rosa y el viaje en el bosque de Bella; la giga de Coppelia; el caldero mágico de las pócimas y su bruja de La Sylphide; y así hasta el infinito: es el poder del pasado sobre el presente, de las tradiciones sobre la invención, algo que hace pensar y que en ballet está presente al tiempo que otro adagio se impone: mirar hacia atrás es ver el futuro.
Compañía de la Fundación Stanza
Blancanieves Ballet. Coreografía: Ricardo Cué; música: Emilio Aragón; escenografía: Fernándo González y Erika Ortiz; vestuario: Casilda Cavero; luces: Freddy Gerlache, Ramos y Arribas. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Teatro Albéniz. Madrid, 10 de noviembre.
Están excepcionales de actuación y muy dibujados la bruja de Elisa Morris y el cazador de Salvador Masclans (que resulta como un Hilarión lleno de ternura y enamorado, su corazón lucha por salvar el de Blancanieves): es una fiesta verles de nuevo en la escena.
Heroína
Tamara Rojo es una bailarina maravillosa (difícil palabra que nunca uso) y dotada, pero sobre todo, es una heroína real del trabajo. Ella es hija y producto de su tesón, de su bienaventurado empecinamiento en hacerlo mejor siempre, en vivir dentro de la espiral de esa lucha por la perfección y el éxtasis que es el gran ballet y por eso es ella ya hoy grande. Allí, en esa esfera de gran arte, se mueve ella (más alto hoy día, imposible) y su generosidad la hace venir a España a bailar esta obra. Ella no lo necesita. El público del ballet español, sin embargo, sí necesita verla a ella; y a las otras. A las buenas. Su excelencia la hace capaz de hacer a la izquierda lo que otras no consiguen a la derecha natural del ballet. Parece complicado, y lo es. Sus fouettés de anoche, no sólo fueron buenos, sino mágicos, pero es una magia de la que sabemos el meollo: su fuerza, su trabajo. La última sección de compases de su coda dan deseos de verla otra vez, muchas veces. Recuerda otros tiempos, otras bailarinas, heroínas también como ella, mujeres capaces de hacer de la danza clásica una sublime religión que reverdece en cada giro y cada arabesque donde la respiración tiene un elevado sentido, una búsqueda en la que se cita baile, vida, arte y voluntad.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de noviembre de 2005