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GIRA DE BUSH POR ASIA

Ponga la quinta, señor Hu

Bush se ha apuntado a una vieja pero actualísima historia, la de la quinta modernización. Zhou Enlai, legendario primer ministro y compañero de la Larga Marcha de Mao Zedong, dejó dicho a su muerte en 1976 que China debía emprender cuatro modernizaciones: en la agricultura, en la industria, en el Ejército, en la ciencia y la tecnología. Su heredero, el pequeño timonel Deng Xiaoping y padre fundador del actual régimen (un sistema de "leninismo de mercado", según acertada expresión del último gobernador británico en Hong Kong, Chris Patten) comenzó a aplicarlas con la apertura y la reforma económicas, que empezaron en fecha tan lejana como 1979 con el éxito que todos conocemos.

La primera referencia que encuentro a la quinta modernización es de diciembre de 1978 como idea de un antiguo guardia rojo de 29 años llamado Wei Jingsheng. Este joven desengañado de la Revolución Cultural dedujo del testamento político de Zhou Enlai que China no conseguiría las cuatro modernizaciones si no emprendía la quinta, que como es evidente significa el Estado de derecho, la democracia, los derechos humanos y el pluralismo. Lo contó en un largo dazibao o escrito mural en el llamado Muro de la Democracia, cerca de la Ciudad Prohibida, y pagó por ello con una condena a quince años de prisión.

Muchos han sido luego los combates por la quinta modernización -la quinta marcha o marcha larga que situará a los 1.300 millones de chinos en la velocidad de crucero de una sociedad de ciudadanos libres- y muchas las víctimas que se ha cobrado. Ahí están los trágicos sucesos de Tianamen en 1989. O los 31 periodistas y 71 ciberdisidentes encarcelados por ejercer la libertad de expresión, tal como cuenta hoy la presidenta de Reporteros sin Fronteras-España, Maria Dolors Massana, en la página 32 de este mismo periódico.

Esta quinta modernización está todavía muy lejos, pero bastante se ha avanzado desde que Wei Jingsheng fue condenado por reivindicarla. Lo certificó ayer mismo, en un artículo publicado por el Diario del Pueblo, el órgano oficial del Partido Comunista, alguien tan poco sospechoso como George Bush padre, ex embajador de Estados Unidos en China a mitad de los años 70. Y también su hijo, el presidente, al distinguir ayer al régimen de Pekín respecto a las dictaduras de Myanmar y de Corea del Norte, que ni siquiera han iniciado la apertura emprendida por China.

El problema de las reprimendas norteamericanas es que no se sabe muy bien qué efectos quieren producir. Los contenciosos más sustanciales de Washington con Pekín versan sobre temas económicos, como el comercio de los textiles, los derechos de propiedad intelectual, el acceso a las materias primas o la cotización del yuan, que no es poco. Pero tienen como telón de fondo el temor a la rivalidad estratégica que puede significar China dentro de 25 años en todos los planos, económico, político y militar, y esto es algo muy excitante para los neocons próximos a Bush, permanentemente dispuestos a regresar a la guerra fría. De manera que con frecuencia los sermones de Bush sobre derechos humanos parecen más instrumentos de presión para obtener otras cosas que sincera contribución a la causa de la libertad. Además, Bush no se halla estos días en la mejor posición para exigir los más altos estándares de comportamiento a sus socios y amigos, ni por su extrema debilidad en su propia casa, ni por las causas de esta debilidad, que no le acreditan precisamente como el mejor defensor de los derechos humanos. Y habrá que ver cómo le sale la gira asiática después del fracaso cosechado en la Cumbre de las Américas y si sus sermones a los pequineses le dejarán en mejor o peor posición de autoridad.

En cualquier caso, Bush tiene razón. El mercado, al que se han adherido los chinos como el mejor sistema de asignación de recursos, necesita de las libertades, entre otras la de información, para que sea una realidad. Sin libertad, nunca conseguirá China el estatuto de una auténtica sociedad de mercado. El presidente Hu debe poner de una vez la marcha larga. A ver si la próxima vez que viaje a Europa ofrece ruedas de prensa y concede entrevistas como corresponde a todo jefe de Estado del mundo democrático. Esto debe ser así por lo que se juegan los 1.300 millones de ciudadanos chinos, pero también porque negro es el futuro de la democracia si no la adopta la futura superpotencia mundial.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 17 de noviembre de 2005