Madrugada del viernes al sábado. Las cinco, harta de no dormir debido a la botellona con coche-discoteca de unos 30 energúmenos borrachos, a las puertas de una discoteca en la avenida de San Francisco Javier, frente a mi domicilio, llamo por dos veces al teléfono de emergencia para denunciar el hecho, me dicen que pasan aviso a la policía local.
Seis de la mañana. La policía no aparece, los gamberros borrachos se cansan y se van, por fin podemos descansar.
Después de la nochecita salgo de casa a las 13.00 para dar un paseo, me encuentro en el aparcamiento cinco o seis chicos (de entre 15 y 16 años) haciendo botellona y fumando droga. Sigo mi camino no sea que me partan la cara.
Casi me mato tropezando con un agujero de los muchos que hay en la acera pobre de San Francisco Javier (en la de enfrente hasta tienen arbolitos en macetas). Observo a una persona que intenta sortear las barreras arquitectónicas y los coches debiendo andar por la calzada para acompañar a un anciano en silla de ruedas. Siguiendo hacia el centro por Eduardo Dato (jardines abandonados sin plantas, desorden en las obras del metro...), paso junto al puente de los bomberos, edificio extraordinario por su belleza y porte, que costó una millonada restaurar, y todos los muros del puente están jalonados de pintadas de diferentes estilos hechas por los gamberros que tienen toda la ciudad engalanada. Pero me llama la atención una parte del muro con los ladrillos recién pintados de un color marrón horroroso, pero fijándome bien observo que esta pintada está hecha para tapar urgentemente otra en la que se puede leer un insulto al propio alcalde. O sea, no solamente permite que toda la ciudad esté hecha unos zorros, sino que en vez de perseguir a los energúmenos se dedica también a pintar los monumentos para tapar sus insultos. Estamos en buenas manos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 24 de noviembre de 2005