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Reportaje:

Muerte en la cumbre de la cirugía

Carles Margarit había iniciado el trasplante hepático de donante vivo y preparaba el de intestino

Amanecer en la cima del Aneto, contemplar cómo los primeros rayos de sol iluminaban un mar de nieve a sus pies tras una noche helada, no era sólo el placer de un amante de la naturaleza, sino un eficaz modo de descompresión psicológica al que el cirujano Carles Margarit recurría en sus días libres. Era también su muy particular modo de entrenarse para poder pasar luego 12, 14 o 16 horas seguidas en el quirófano del hospital de Vall d'Hebron luchando por la vida de personas que sin el trasplante hepático sólo tendrían la muerte como horizonte. La nieve de un alud le sepultó el viernes mientras hacía una travesía en esquí en la Cerdanya. El esquí era su pasión. Iba a practicarlo con frecuencia, a menudo acompañado de alguno de sus tres hijos, y de ello dan cuenta algunas de las fotos que pueden verse en su despacho de cirujano de Vall d'Hebron, al que este lunes ya no volverá. Lo explicó en una reciente entrevista concedida a este diario hace apenas dos semanas: "Puedo estar muchas horas seguidas operando porque físicamente estoy muy bien. Lo que más se parece a un trasplante es un maratón. Se trata de desarrollar una gran capacidad de resistencia y de concentración, con un objetivo muy preciso. Y yo he corrido muchas". Corrió la de Nueva York -tres horas, cuatro minutos y 9 segundos fue su marca- cuando con una beca del FIS (Fondo de Investigaciones Sanitarias) se fue a esa ciudad a formarse como cirujano en el Memorial Sloan-Kettering, y siguió corriendo cuando más tarde se fue a Pittsburgh para participar en 56 trasplantes de hígado con el pionero de esta técnica, el doctor Thomas Starzl.

El espíritu maratoniano ha conformado no sólo la vida, sino también la carrera de Carles Margarit. Porque se necesita mucho entrenamiento y mucha fuerza de voluntad para calzarse los esquís de travesía en el llano del Hospital de Benasque y subir, paso a paso, las empinadas laderas hasta alzanzar los 3.404 metros de su cumbre y quedarse allí, a pasar la noche, como hizo la última Semana Santa. Pero el mayor esfuerzo tiene también la mayor compensación y a la mañana siguiente Carles Margarit tuvo en el descenso por el glaciar de la Maladeta la misma sensación de plenitud que cuando, tras una noche y una mañana agotadoras, antes de irse a casa, pasó por la unidad de recuperación y comprobó que la pequeña paciente seguía bien. Había sido un trasplante de hígado de donante vivo -seis horas de quirófano para extraer un trozo del hígado al padre, y luego siete más para implantárselo a la niña-, la última cima de la cirugía a la que había subido.

Han pasado 21 años desde que, en febrero de 1984, Carles Margarit, entonces un joven adjunto de 35 años, realizó con Eduard Jaurrieta el primer trasplante de hígado de España, en el hospital de Bellvitge. Concedió una entrevista a este diario, como muestra la fotografía, en el bar del hospital, tomando un bocadillo. Margarit y Jaurrieta eran dos jóvenes médicos que apenas ganaban 135.000 pesetas al mes, menos que un empleado de la Seat. La anquilosada estructura del hospital no soportó que dos adjuntos, dos recién llegados, alcanzaran tanta gloria, y al poco tiempo el programa había entrado en crisis, Jaurrieta había aceptado la plaza de jefe de cirugía en otro hospital y Margarit buscaba refugio en Vall d'Hebron.

Se incorporó a este hospital en 1985 y pasó a dirigir la unidad de cirugía hepato-bilio-pancreática y el programa de trasplante de hígado. Se ha trasplantado a cerca de 700 adultos y 196 niños con excelentes resultados, entre ellos a un bebé prematuro que cuando Margarit le operó, a los dos meses de nacer, apenas pesaba 2.600 gramos. "Era una operación muy difícil, porque todo era diminuto y la situación desesperada". El pequeño fragmento de hígado, que recibió de un donante de cuatro años, y las manos del cirujano operaron el milagro. Un nuevo amanecer en la cumbre. Porque Carles Margarit no ha parado de subir montañas y de escalar nuevas cimas quirúrgicas como el doble split, esto es, la partición del hígado de un único donante para dos pacientes, un adulto y un niño, algo que exige mucho entrenamiento, mucha coordinación y muchas horas de quirófano. También aceptó a muchos pacientes de alto riesgo rechazados por otros equipos.

Nunca le tembló la mano, pero nunca le perdió el respeto al bisturí. En la entrevista a este diario confesaba que ninguna de las travesías quirúrgicas emprendidas le había producido tanta inquietud como la del trasplante de donante vivo. "Es la de mayor dificultad por el estrés psicológico que comporta: en un trasplante con órgano de cadáver, estás salvando una vida. El paciente corre un gran riesgo, pero es su última oportunidad. En el trasplante de donante vivo, en cambio, se pone en riesgo a una persona sana, normalmente el padre, para beneficiar a un hijo que no tiene otra posibilidad. En este caso, como cirujano asumes un gran compromiso. Has de asegurarte muy bien de que al donante no le ocurra nada y de que el niño sobreviva".

Hay sólo un 1% de mortalidad entre los donantes y algo más en los receptores, pero Margarit sabía que un día podía ocurrirle lo peor. Lo explicaba a media voz, como solía hablar, porque era un hombre extremadamente tímido que se protegía con una máscara de imperturbable seriedad. "Llevo ya muchos años en esto, pero cada vez que hago un trasplante de donante vivo, sufro un estrés emocional enorme. Ya sé que son casos desesperados, pero no puedo evitar sentir una gran responsabilidad. Puede suceder que se nos muera el niño. No nos ha ocurrido, pero si nos ocurre, será muy duro", dijo. En ese momento su rostro se iluminó en un destello de ternura: "Pero no hay nada más hermoso que ver marchar al padre con su hijo de la mano". Nuevo amanecer en la cumbre de un cirujano comprometido al que sus pacientes adoraban y al que, pese a su permanente inconformismo, los gestores respetaban. Sabían que figuras como Margarit son las que hacen posible que la sanidad pública de este país pueda codearse en resultados con la más avanzada de las medicinas.

Aunque operaba también en una clínica privada, Carles Margarit ha sido siempre un médico de la sanidad pública: a ella se ha dedicado sin escamotear tiempo y talento, y cuando lo ha considerado necesario, la ha emplazado a mejorar. No era un cargo complaciente con la estructura ni una figura sumisa, pero nadie se atrevía a discutirle el mérito que le amparaba.

Cuando la nieve le quitó la vida, estaba preparando su próxima cima: el trasplante de intestino. Esta vez ya no habrá nuevo amanecer en la cumbre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de diciembre de 2005