La semana pasada, el president Maragall publicó aquí un artículo para decirnos que le parecía mentira la incomprensión del resto de españoles ante la propuesta de nuevo Estatuto de Cataluña. Así se sumaba a otras voces igualmente cualificadas (siendo quizá Manuela de Madre la más respetable) que también han expresado su extrañeza ante la falta del apoyo que reclaman por parte de los intelectuales liberales o progresistas. La respuesta inmediata a estas lágrimas de cocodrilo sería: pues, ¿qué esperaban? ¿No debería hacerles entrar en razón el hecho de que voces tan sensatas como las de Santos Juliá o Manuel Cruz hayan expresado su inquietud o su escepticismo ante un proyecto tan alejado de la realidad como el del nou Estatut?
Por mi parte, no puedo reivindicar ninguna representatividad intelectual. Pero sí deseo responder a esa demanda catalana de explicaciones exponiendo los argumentos que me impiden prestar apoyo a una propuesta que me parece rechazable por cinco razones. De entre éstas hay dos que no ampliaré porque no resultan pertinentes. Una es de oportunidad, pues el Estatut comienza a deslegitimar al Gobierno de Rodríguez Zapatero, amenazando con volver a ponernos bajo el insufrible poder de Aznar. Y la otra es subjetiva, pues mi agnosticismo me impide creer en la existencia real de las naciones catalana o española. Así que no dedicaré ningún párrafo a rebatir la ficción nacional. Pero como sé que toda religión política, incluida la nacionalista, es expresión de intereses reales, me dejaré de metafísicas para centrarme en las tres razones fundamentales que me hacen rechazar el nou Estatut.
La primera razón es de procedimiento. Dada su ambición de replantear las relaciones entre Cataluña y el Estado, este Estatut implica un cambio en las reglas de juego. Lo cual es legítimo con una sola condición: el consenso. El reglamento del juego político no se puede cambiar a no ser que haya pleno acuerdo entre todos los jugadores. Así sucedió durante la primera transición de 1978 y así debería suceder ahora para proceder a esta segunda transición que pretenden los catalanistas. Pero para eso hace falta consenso, lo que exige el consentimiento del PP a escala tanto catalana como española. Pues sin la aprobación de Josep Piqué y Mariano Rajoy no se puede sacar adelante esta reforma del Estatut. Una reforma menor sí sería factible sin consenso, pero no esta auténtica refundación, que por serlo preciso del común acuerdo.
La segunda razón es ontológica. A Maragall le parece mentira que se rechace un proyecto federal, pero es que no hay tal, pues esta propuesta no es federalista sino confederal, dado que reclama derechos excluyentes. Que no se pretenda darnos gato por liebre. En el federalismo, el todo prevalece sobre cada una de las partes, que quedan sometidas por igual al acuerdo general. O sea que la asamblea y el gobierno federales prevalecen sobre las asambleas y los gobiernos federados, que deben obedecer las reglas de la mayoría pues carecen del poder de veto sólo reconocido en las confederaciones. Y esta propuesta de Estatut pretende salirse del acuerdo multilateral para plantear una excepción catalana a la regla común, situando a la parte catalana en pie de igualdad al todo estatal para tratarlo bilateralmente de tú a tú. Lo cual es inadmisible pues contradice la jerarquía de los tipos lógicos: el todo siempre ha de ser más que cualquiera de sus partes.
Finalmente, la tercera razón es política. Una propuesta de financiación que pretende redistribuir la renta para favorecer a un territorio rico a costa de los territorios más pobres resulta regresiva. Esto sería como el cheque británico en la UE que convierte a Tony Blair en el sheriff de Nottingham. Pues lo que plantea objetivamente el nou Estatut en materia de financiación es convertir a los catalanes en free riders o esquiroles: gente que hace rancho aparte poniendo un precio unilateral a su contribución al fondo común. Parece mentira en socialistas como Maragall o Manuela de Madre que pretendan hacer pasar por progresista la redistribución regresiva de la renta territorial.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de diciembre de 2005