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Cárcel, torturas, multas y exilio, el precio de la democracia

La represión policial y judicial franquista contra los movimientos estudiantiles, entre 1939 y 1975, con comparecencias ante tribunales militares incluidas, nunca fue de más a menos, sino "de más a más", recuerdan algunos de los dirigentes universitarios de oposición que vivieron aquellos acontecimientos, precursores de laboriosos -pero irreversibles- avances hasta la democracia.

Muchos de ellos, como el propio Pablo Pintado, pagaron sus anhelos juveniles de libertad y democracia con condenas de prisión, precedidas muchas veces de torturas, multas o destierros. Todo ello repercutía de manera difícilmente esquivable sobre sus expedientes académicos y, en ocasiones, vieron truncado su horizonte vocacional. Otros partieron hacia el exilio, mientras la actividad que había causado su destierro era entonces legal en casi todos los países europeos vecinos.

El propio Pablo Pintado, tras su caída en manos de la policía, sufrió desdichas sin cuento. Pero él prefiere conversar sobre sus compañeros ya fallecidos: Antonio Lozano, José Antonio Matanzo, Eleuterio López Linares, Ignacio Faure, Gerardo Renart y tantos otros.

Había, sin embargo, organizaciones estimuladas por el franquismo, como el Sindicato Español Universitario, SEU, tristemente célebre por haber albergado en su seno numerosos matones que, invocando a José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española, se dedicaban de manera sistemática a hostigar, incluso con pistolas, a los estudiantes de oposición, desde liberales hasta comunistas.

En Pablo Pintado no se precia rencor alguno, pero sufrió un año de cárcel y complicaciones ulteriores, incluso en el ámbito profesional, donde descolló como arquitecto en numerosas edificaciones como el palacio de Congresos del paseo de la Castellana.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de diciembre de 2005