Los temores a que el avance de la construcción democrática en Rusia se ralentizara con Putin se vieron confirmados muy pronto. La lucha contra el terrorismo y la convulsa situación internacional global hicieron que en Occidente se prestara poca atención a las medidas autoritarias que el presidente ruso iba introduciendo para garantizar el orden, siempre para reforzar su propio poder y debilitar a sus oponentes. De un año a esta parte, sin embargo, desde que fracasara su intento de imponer el fraude en las elecciones presidenciales en Ucrania, parece haber perdido su interés en guardar las formas democráticas.
Una nueva ley que ha presentado el Kremlin en un Parlamento dominado por Putin establece medidas tan draconianas de control sobre todas las Organizaciones No Gubernamentales que en la práctica da un golpe mortal a la siempre débil sociedad civil rusa y hace casi imposible la existencia de organizaciones plenamente independientes. Con un muro de regulaciones y controles burocráticos para impedir que las ONG sean utilizadas o infiltradas por delincuentes, terroristas o espías, toda la ley parece inspirada en la más rancia tradición soviética.
A estas amenazas a las ONG hay que añadir otros retrocesos de las libertades como son la consumada asfixia de los medios de comunicación independientes y la parcialidad masiva de toda la propaganda mostrada en la campaña de las pasadas elecciones municipales de Moscú. El partido de Putin, Rusia Unida, consiguió 28 de los 35 escaños en litigio y el único grupo que podía hacerle sombra, Rodina, fue prohibido acusado de fomentar la xenofobia. Aunque esta acusación sea cierta, los comicios han dejado claro que la creación de una alternativa o siquiera una fuerza crítica al poder de Putin es hoy mera quimera.
Si la política interna rusa es preocupante, no lo es menos la exterior. Si bien es perfectamente lógico que Rusia tenga intereses exteriores propios que puedan estar en conflicto con los europeos o los norteamericanos, las advertencias de Putin de que Rusia "ayudará" a Irán y Siria ante cualquier iniciativa del Consejo de Seguridad resultan alarmantes. En estas circunstancias, es casi rocambolesco que el Gobierno ruso vaya a asumir ahora la presidencia anual del G-8, la asociación de las democracias más prósperas.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de diciembre de 2005