Durante este pasado mes, la ira y el fuego se han apoderado de las urbes de Francia. Poco a poco sofocados, las brasas continúan activas. Podemos hablar de falta de integración como motor de estas acciones, cuyos protagonistas, desarraigados de los países de padres y abuelos carecen de casi toda perspectiva vital, siendo rechazados y marginados.
Ahora bien, esta cólera autodestructiva también nos habla de un soterrado nihilismo, de algo más profundo incluso que la integración como ciudadanos de los diferentes, de hecho, de una contagiosa enfermedad moral del próspero occidente que se ha cebado en esta población susceptible, la frustración.
En nuestro país estamos a tiempo de poner los medios para integrar a los inmigrantes. Sin embargo, esta sociedad seguirá enferma mientras siga promoviendo la competitividad, el consumo y el dinero como valores supremos, cuyo logro desvirtúa los valores humanistas de nuestra civilización pero cuya no-consecución sólo lleva a la frustración y la violencia.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 15 de diciembre de 2005