En la cumbre de la OMC, por principio, nadie está contento. Todos tienen algo en lo que no pueden ceder. Noruega, uno de los países que junto a Japón y Suiza conforman el núcleo del G-10 -los más proteccionistas a la liberalización del sector agrícola-, se niega a abrir su mercado a las importaciones lácteas de los países menos desarrollados.
"Nosotros eliminaremos todas las ayudas a las exportaciones de lácteos, pero no vamos a retirar nuestro apoyo interno a los productores. El sector es vital para la identidad nacional", dijo sin pestañear la delegada noruega, Sigrid Hjarnegard.
Noruega impone una tarifa a la importación de lácteos de hasta el 400% sobre el valor del producto y el Gobierno da a cada campesino en torno a un tercio de lo que necesita para mantener su negocio.
"Nuestros campesinos son parte de nuestra cultura, de nuestro paisaje", llegó a decir un delegado suizo en un corrillo de periodistas. Dos de ellos, uno de India y el otro de Zambia, lo miraban con incredulidad. "Señores, yo creo en la reencarnación, y cuando muera quiero reencarnarme en una vaca suiza", recordaba entre bromas un miembro de la OMC. Podría haber dicho vaca noruega o incluso francesa. "Sí, sí, no me hable de vacas francesas, que parecen sagradas", dijo con risa irónica un industrial alemán del sector del automóvil.
Los industriales germanos quieren que la UE haga una buena oferta agrícola para obtener de los países en desarrollo una rebaja de sus tarifas a las importaciones industriales y una mayor apertura del sector servicios. Achacan a Francia el estancamiento de las negociaciones por su inflexible defensa de las ayudas a la agricultura.
En los concesionarios de la lujosa calle Gloucester, un vendedor de Volkswagen explica que los coches pagan un arancel del 100% para entrar al territorio. La marca vende menos de un millar de vehículos al año en una ciudad como Hong Kong (siete millones de habitantes).
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 15 de diciembre de 2005