He sido testigo de cómo una persona que estuvo varios años trabajando de taquillero en el Centro Cultural de la Villa de Madrid perdía audición paulatinamente, hasta quedar casi sordo en el momento de su jubilación.
Desgraciadamente, su fallecimiento impide que pueda participar en el debate sobre la permanencia o no de ese salto de agua artificial. Por tanto, no estaría de más que quienes abogan por la continuidad del "estruendo de la cascada" pregunten su opinión al actual encargado de la venta de entradas al citado local (suponiendo que aún les pueda oír).
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 29 de diciembre de 2005