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Reportaje:ESTILO DE VIDA

El amor, en grandes dosis

Ser generosos y amigos de nuestros amigos, tener una actitud abierta hacia la vida y amar y ser amado acaba saliendo rentable a la larga. Beneficia a las sociedades y a los propios individuos, que pueden vivir más y mejor si se toman la vida con más filosofía y con menos agobios y menos miramientos.

Ser generosos y amigos de nuestros amigos, tener una actitud abierta hacia la vida y amar y ser amado acaba saliendo rentable a la larga. Beneficia a las sociedades y a los propios individuos, que pueden vivir más y mejor si se toman la vida con más filosofía y con menos agobios y menos miramientos.

Pocas veces nos paramos a pensar en los beneficios que tiene en nuestra vida el afecto, la amistad, la confianza, la ternura, la generosidad, la pasión, el respeto, la gratitud o la alegría, entre tantas otras derivadas de lo que a menudo llamamos amor. Quizá entre la vorágine de malas noticias que nos procura lo cotidiano conviene hacer un paréntesis para repasar brevemente los beneficios que reporta el lado positivo de lo humano.

Ternura: paz y salud. El neurofisiólogo James W. Prescott demostró que en las sociedades en que se prodiga afecto a los bebés, las tasas de robos y asesinatos, entre otros indicadores tan curiosos como la ostentación de riqueza, son más bajas que en aquellas en que, por el contrario, se les demuestra escaso afecto. En este caso, la violencia y sus secuelas son mucho mayores. Prescott considera que el calor durante la infancia es un medio poderoso para transformar la psicobiología de la violencia hacia la de la paz.

En la Universidad de Harvard se realizó un estudio con 126 estudiantes que aceptaron que se realizara un seguimiento de su vida durante varias décadas. Pasados 36 años, los 126 estudiantes de la muestra fueron divididos en dos grupos: en el primero estaban aquellos que describían a sus padres y madres como personas cálidas, pacientes y afectuosas, y en el segundo se encontraban aquellos que, en cambio, consideraban a sus progenitores como fríos, violentos e impacientes. El primer grupo mostró una incidencia inferior a la media en úlceras, alcoholismo y enfermedades coronarias, mientras que el segundo grupo generó unos resultados muy superiores a la media. También entre el primer grupo, el 25% de los participantes había padecido una enfermedad grave; la cifra aumentaba hasta el 87% entre los participantes del segundo grupo.

La amistad como remedio. Más allá de las relaciones entre padres e hijos, los efectos de la ternura en las relaciones de pareja son también una fuente de importantes beneficios para la salud. Un estudio en el que se interrogó a 10.000 hombres sobre la calidad de la relación afectiva con su pareja mostró resultados sorprendentes: aquellos que declaraban tener una comunicación amable y fluida con la misma tenían un riesgo significativamente menor de sufrir una angina de pecho.

El doctor Dean Ornish, especialista en cardiología, cita en su libro Love and survival un estudio llevado a cabo en Suecia en que se observó a 180.000 hombres y mujeres durante el plazo de seis años. Según estas observaciones se concluyó que aquellos que se sentían más aislados tenían un riesgo cuatro veces mayor de morir prematuramente.

La sociabilidad refuerza las defensas de nuestro organismo. En un estudio en que participaron 334 individuos se analizó la relación entre su sociabilidad y la eficacia de su sistema inmunitario. Primero respondían a entrevistas sobre la cantidad y calidad de sus relaciones en la vida cotidiana y después se les exponía al virus del resfriado común. Los resultados demostraron que cuanto más sociable era la persona, menos susceptible era al contagio, con independencia de su edad y su estilo de vida.

La confianza nos pone en forma. Según un estudio citado por el profesor Piero Ferrucci en El poder de la bondad, en una muestra en que participaron 100 personas de entre 55 y 80 años se demostró que los más confiados gozaban de mejor salud y se sentían más satisfechos de la vida. En otro estudio realizado 14 años después con las mismas personas se comprobó que los confiados eran más longevos.

Todos estos estudios no hacen sino demostrar científicamente lo que el sentido común indica sin tantas pruebas de laboratorio: amar es muy saludable.

De otro lado, la tristeza...

Así como parece haber claros indicios de que el amor y sus derivadas nos ayudan a sentirnos bien y a vivir mejor, la tristeza juega la baza contraria. Según indica el doctor Mario Alonso Puig en su interesante libro Madera de líder, un reciente trabajo de investigación del Instituto Salk, de La Joya, en San Diego, demostró que en las personas deprimidas tras un largo periodo de distrés (estrés destructivo) crónico, los hipocampos (los centros cerebrales que nos permiten aprender y almacenar recuerdos) se ven reducidos hasta en un 20% de su tamaño y además se destruye un tipo de neuronas esenciales para aprender cosas nuevas y recordar experiencias pasadas. Un importante dato a tener en cuenta, ya que, con esta y otras investigaciones, este brillante especialista nos muestra que, a veces, cuando el corazón sufre, aunque no nos demos cuenta, el cerebro no funciona bien. Conviene pensar en ello.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de enero de 2006