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COLUMNISTAS

El cerebro y el bolsillo

¿Habría sido mi vida distinta de haber crecido al corriente de los descubrimientos de Darwin en lugar de haber sido abrumada por el cuento de la costilla de Adán y otras alegrías del catecismo católico? No lo sé. Mucho más complicado van a tenerlo los chavales y chavalas de ahora, que disponen nada menos que de tres alternativas. Lo del Paraíso y la Manzana, que tal como son los críos es muy posible que lo comenten por el móvil; lo de la evolución de la especie debe de provocarles un tedio insuperable mientras se pasa de la charca al gorila, que es donde la cosa se pone entretenida, y finalmente, la teoría del creacionismo inteligente, que viene a decir que el Ser Supremo lo supervisó todo (seguro que fue Él quien envió a Darwin a las Galápagos).

Personalmente, me decanto por la tesis de la evolución de la especie y supervivencia del más fuerte. Es más, tengo un amigo con una escalera vertical en casa, sin barandillas, que da a la terraza, que es donde ofrece sus veraniegos guateques; la cocina está abajo y los canapés hay que subirlos como si estuvieras ensayando para china del Cirque du Soleil. Comprenderán que la llamemos la Escalera de Darwin.

Pero el "creacionismo inteligente" (estas comillas tienen mucho mérito porque las he escrito mientras levantaba ambas manos y hacía el gestito estadounidense de entrecomillar)… ¿No es ello un oxímoron, dado el resultado, de lo más fortuito? No, no veo la menor inteligencia en un Ser Supremo (no escribo Superior para que no lo confundan con Florentino) que se queda tan tranquilo viendo cómo el pene de 2,50 metros (dos metros con cincuenta centímetros, repito) va a parar al calamar gigante. Parece, sin embargo, que lo que también llaman "diseño inteligente" no sólo triunfa en Estados Unidos y Latinoamérica, sino que pronto vamos a tener expertos en tal chisme asomándose a nuestras televisiones, haciendo que nos lo tomemos en serio. ¿Y por qué? Porque, como todas las maldades que se les ocurren a los neoconservadores, el invento de la evolución por la mano del Altísimo ha sido muy bien planificado, y tienen respuestas para todo. Es posible que incluso tengan justificación para esta cuestión inquietante: ¿por qué, siendo tan eminentemente superior el gorila en su trato con las rubias, sobrevivió el hombre, tan egoísta y sanguinario? Reconozco que aquí estoy influida por King Kong, a quien todavía no he conseguido llevar al huerto para pintarle las uñas de los pies. Pero la raza humana no parece, a estas alturas, pasar por un momento moral digno. Hay una cuarta teoría evolutiva, desarrollada por Gustavo Duch Guillot, director de Veterinarios Sin Fronteras y publicada en el diario mexicano La Jornada hace un par de semanas, dedicada a los señorones de la Organización Mundial del Comercio.

Escribe Duch lo ya probado por la ciencia: que el primer cerebro humano estuvo alojado en nuestro estómago y nuestras tripas. "Nuestros antepasados cromañones se regían fundamentalmente por los estímulos provenientes del aparato digestivo". Alimentarse y procrear: impulsos esenciales. "El ser humano, siglos después, se desmarca del resto de los animales, al desarrollar un cerebro en el interior de su cabeza: en la mollera, en los sesos". Cuenta Duch cómo la razón hace acto de presencia y pasa a mandar en cada uno de la especie, la organización que surge como consecuencia de la racionalización de la búsqueda de alimentos. Mas el cerebro ha vuelto a mudarse de sitio. "De nuestro vientre se dirigió a nuestra cabeza, y de nuestra cabeza ha pasado a nuestro bolsillo. Ya todo se rige no por la necesidad de alimentarnos a nosotros y a nuestras familias, sino por ganar dinero. A costa de lo que sea. La alimentación deja de ser un derecho para convertirse en un negocio. Sólo quien tiene dinero puede comprar la vida". Y acusa: "Los alimentos, entendidos simplemente como un bien económico, son regulados desde una organización comercial, una organización de mercaderes: la Organización Mundial del Comercio".

Esto sí habría que enseñarlo en los colegios.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de enero de 2006