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Entrevista:JOHN BERGER

Palabras esenciales

Con sus relatos de las cosas sencillas de la gente sencilla, John Berger ha conseguido convertirse en una de las voces más auténticas de Europa. Su nuevo libro, 'Aquí nos vemos', es un compendio de melancolías; pero él, cara a cara con sus 80 fibrosos años, destila una vitalidad y una calidez inquebrantables.

Con sus relatos de las cosas sencillas de la gente sencilla, John Berger ha conseguido convertirse en una de las voces más auténticas de Europa. Su nuevo libro, 'Aquí nos vemos', es un compendio de melancolías; pero él, cara a cara con sus 80 fibrosos años, destila una vitalidad y una calidez inquebrantables.

Su mirada es limpia, azulísima; su pelo está ahora más alborotado, y más blanco, que nunca. John Berger. Cuando terminamos de hablar con él, en una especie de cobertizo de cristal, ya se ha hecho de noche en las afueras de París; sobre la mesa de la casa donde nos reciben él y su amiga Nella Bielsky, escritora de origen ruso que convierte el atardecer en una jornada extremadamente cálida, hay viandas, vino, pan, quesos de varias procedencias, vida. Vida, eso es lo que hay alrededor de John Berger, de su literatura y de sí mismo: él la procura, la segrega, la expande, la reparte como si estuviera poseído de una fuerza que no se deja vencer por ninguna melancolía. Y tiene melancolías. Su último libro, Aquí nos vemos (Alfaguara), es un relato en el que las ha convocado todas, desde la madre y el padre hasta otras ausencias, como la amistad, el amor, Europa, el entusiasmo, la Guerra Civil española, Borges… Sus amigos le recuerdan siempre como el motorista que cruza el continente; el exiliado que dejó Inglaterra para asentarse en los Alpes franceses, lejos del ruido, donde se hizo primero pintor y luego periodista, redactor de George Orwell, compañero de Henry Moore; finalmente, es un poeta que no renuncia jamás a la poesía (ni a la pintura).

Nosotros le recordamos en varias situaciones. Una vez, cuando vino a Madrid a presentar una de sus novelas, y buscó, entre todos los lugares de la ciudad, aquel sitio donde antaño probó queso de Cabrales y chorizos asturianos, junto a la iglesia desde la que Goya pintó los fusilamientos. En otra ocasión, hablando del retrato como género; era en el Museo del Prado. Fuerte, musculoso, atlético, avanzaba por el solemne escenario de la importante pinacoteca como si estuviera entablando una conversación no sólo con los que estaban entre el público, sino con los propios pintores, entre los cuales el sordo aragonés figura como un maestro en primerísimo plano. En una tercera ocasión prepara un pollo en Betanzos, junto a su amigo Manuel Rivas y a otros amigos; todos le ven cocinar como si le fuera la vida en ello, concentrado, casi furioso por preservar de la improvisación hasta los menores detalles. Así habla, como si no quisiera que se le derramara nada del plato. Y otra vez, cuando vino a La Casa Encendida de Madrid a escenificar las piezas teatrales y radiofónicas de su gran amigo el artista Juan Muñoz, que ya falleció y cuyo poderío artístico emparentó con él por la fuerza y también por la intimidad, por la fiereza que guardan en su interior las palabras secretas. Cuando se subió al escenario, vestido con una camisa blanca inmaculada y con un pantalón rigurosamente negro, y nos miró con esos ojos azules con que ahora nos recibe en París, John Berger dejó de ser un hombre de la calle para ser él mismo la escultura de una palabra.

La mayor parte de sus libros (G, Puerca tierra, A la boda…) son una indagación en el corazón de Europa, en su presente y en su destino, y en una averiguación de lo que le pasa al ser humano en los tiempos de la miseria moral y de la miseria a solas. No escribe de esta Europa institucional y rancia que va a las reuniones, sino de la de los ciudadanos que viven su historia, la de los indigentes y emigrantes, la de quienes se oponen a las guerras y la de quienes las han sufrido. Para él, uno de los europeos que simbolizan el pasado -y el presente, tan cargado de futuro- es Federico García Lorca, y entre los sufrientes del mundo cuenta a César Vallejo. Habla como si estuviera esculpiendo una piedra: se agarra la cabeza, la sostiene con sus manos poderosas, le vemos pensar; su silencio es también una palabra, acaso la más misteriosa; fuma y bebe café hasta que dejamos que se apague el magnetófono, y entonces bebe vino y brinda por la vida. El 26 de noviembre cumplió 80 años. Es cierto que no lo parece. Lo que sigue es una transcripción de sus palabras. Hubiera sido extraordinario poder transcribir sus silencios.

Su amiga la cineasta Isabel Coixet ha escrito que, en medio de la lucha entre la desesperación y la luz, "sólo la existencia de alguien como John Berger hace que el combate tenga sentido". ¿Se siente usted identificado?

En la vida diaria creo que intento ser constructivo y positivo. También me río, me río mucho. Mi lado positivo y mi humor están siempre entremezclados con un considerable sentido del sufrimiento. He observado que esto me ocurre desde siempre, desde que tenía cuatro años.

¿Y cómo se dio cuenta?

Antes déjeme que le comente algo. Cuando hablo de la felicidad, hablo también de su hermano, el sufrimiento; es una relación fraternal que tiene que ver con la esencia de la vida. Lo que ocurre en mi obra es fruto de la observación, no es necesariamente algo que me haya ocurrido a mí.

Usted ha dicho que la desesperación es un sentimiento que aparece tras la traición.

Sí, es así. Pero tiene que ser uno cuidadoso cuando dice que ha sido traicionado; se puede ser traicionado por alguien, por una institución o por un colectivo. Existe otro sentimiento de traición: el que aparece cuando uno se siente testigo de lo absurdo; cuando nos enfrentamos con hechos, conductas o reacciones que sugieren que vivimos en el absurdo absoluto.

¿Se ha sentido desesperado por alguno de esos motivos?

Por supuesto, como todo el mundo. Uno ha de ser cuidadoso con las palabras. Todos vivimos momentos de desesperación, yo no soy una excepción. Pero hay personas que viven situaciones de desesperación continua. Por ejemplo, la que viven los palestinos en la actualidad. He escrito un artículo sobre esa desesperación, y lo titulé Desesperación invicta… La desesperación de tantos inmigrantes es muy distinta a la desesperación que pueden significar nuestros cambios de humor. Soy como todo el mundo, me desespero, pero mis facultades narrativas me permiten identificar las circunstancias de la desesperación de largo recorrido. Pero esto no implica que yo sufra esa desesperación. La naturaleza del proceso narrativo se produce así; te permite entrar en otras pieles, en otras desesperaciones.

Esa desesperación de que habla afecta a los palestinos, pero también la sufren los turcos en Alemania, los que se rebelan en Francia, los que viven en Irak, los inmigrantes, los que son inmigrantes en sus propios países…

El problema actual en el mundo es el aumento de la brecha entre ricos y pobres. Esta distancia sigue aumentando. Los ricos construyen barreras en todas partes para dejar fuera a los pobres. Esas barreras pueden ser de cemento, legales o ilegales; pueden ser mecanismos de control; pueden ser barreras físicas o virtuales. Palestina es el ejemplo típico de lo que ocurre en el resto del mundo. Parece ser que esto es lo que define el momento en que vivimos. Y me parece que cualquier escritor que hable de la condición del mundo y de lo que sucede ha de posicionarse ante este hecho.

Dijo en una ocasión que la única oferta de futuro es el deseo. ¿Qué piensa ahora del futuro?

¿Dije eso? Es una pregunta que se le suele hacer a los escritores o a los intelectuales, y se suelen dar respuestas abstractas. Durante los últimos dos siglos, el pensamiento filosófico y político ha sido dominado por la idea de que el progreso encontraría soluciones a los problemas más difíciles. Así que la gente ha buscado programas que les permitiera alcanzar esas soluciones; pero el discurso político y filosófico es hoy bastante débil, y el esquema se ha roto. No quiere esto decir que no exista el progreso, ni siquiera quiere decir que el progreso no procure soluciones, pero lo cierto es que el esquema se ha roto. Antes la gente vivía, moría, sobrevivía, tenía un sentido y carecía de promesas de soluciones… Debemos atender la sugerencia de Spinoza: en lugar de vivir para programar una solución, debemos vivir adecuadamente con lo que tengamos, con lo que recibamos para vivir. Y cuando digo adecuadamente me refiero a una vida llena de respeto hacia las prioridades vitales y de respeto hacia la esperanza. Si viviéramos así, respondiendo adecuadamente a la situación en la que estemos, en grupo o en soledad, estaríamos rozando lo eterno… Estos momentos históricos de lo eterno son bucles del tiempo. Se trata de una forma muy abstracta de pensar. La gente precisa una razón para seguir. Y vive en busca de ese razonamiento. Un ejemplo de organización política que refleja esta idea es el movimiento zapatista, en México, sobre todo lo que proclama en sus discursos. Si usted me pregunta cómo veo el futuro, por ahí iría mi respuesta.

¿Qué le han parecido los disturbios en los barrios pobres de las ciudades francesas?

Estaba en Palestina cuando pasó. No tengo demasiada información, pero me parece que es una más de las consecuencias de las barreras que hay entre ricos y pobres… Ahora bien, los que hablan de la islamización de esos suburbios de París tendrían que ir a esos suburbios y enterarse de veras de lo que ocurre. Deberían hablar con la gente joven, y tal vez entenderían algo. Los medios no tienen ni idea de lo que está pasando.

No parece muy contento con la actitud de los intelectuales ahora…

Hay de todo. Aquí tengo en mis manos un libro sobre los soldados israelíes que se niegan a entrar en el servicio militar, personas de un valor increíble. El prólogo lo escribió Susan Sontag, una intelectual a la que yo he respetado muchísimo; ésta fue una de las últimas cosas que escribió, y es extraordinaria. Coincidí con ella cuatro o cinco veces. La última fue en Berlín. Hablamos sobre las consecuencias de la guerra [de Irak]… La conocí en Denver (Colorado); nos encontramos en una sala de pimpón de la universidad, y allí estuvimos jugando durante hora y media sin decirnos ni una palabra.

Usted siempre ha dicho que le da prioridad a la vida sobre la escritura. Me gustaría hacerle algunas preguntas sobre su vida. Nació en Inglaterra. ¿Cómo era su familia?

Mi padre y mi abuelo provenían de Trieste; eran judíos oriundos de Galitzia, de la frontera entre Polonia y Checoslovaquia. Mi abuelo nunca me habló de ello, pero ahora lo sé.

¿Qué influencia tuvo su padre sobre usted?

Éramos muy opuestos, pero también hubo mucha ternura entre nosotros. Yo me rebelaba contra él, pero ambos tuvimos mucho cuidado de no herirnos. Me influyó de una forma muy concreta y muy profunda. No con sus prioridades ni con sus ideas y juicios morales, sino con algo más profundo y más difícil de describir. Tanto él como su familia negaron su herencia judía, se convirtió al cristianismo y quiso ser sacerdote. Mientras estudiaba teología estalló la I Guerra Mundial. Entonces dejó sus estudios y se alistó como voluntario, convirtiéndose en oficial de Infantería. Pasó cuatro años en el frente. Después de la guerra no quiso volver a sus estudios, aunque continuó siendo creyente. Permaneció en el ejército durante tres años más como voluntario, organizando los cementerios militares. La vida le convirtió en un soldado. Fueron sus años de formación, y los dedicó al ejército. Al contrario de lo que me ocurre con muchos políticos actuales, a los que me resulta imposible respetar, respeto a los soldados. Porque ellos son conscientes de las consecuencias de lo que hacen. A veces hacen cosas terribles, pero no se ocultan sus consecuencias. Él tenía este tipo de conciencia. Nunca lo comentó, pero me consta que ésa era su manera de encarar la vida: cuando ocurría algo, lo afrontaba como un soldado. No estoy sugiriendo que su manera de hacer las cosas fuera heroica. Fue un soldado muy valiente, pero no heroico. La suya era más bien una forma estoica y perseverante de enfrentarse a las situaciones. Era una forma de ser muy física, y eso influyó en mí. Creo que siempre, aunque con poco éxito, he intentado imitar esa forma de enfrentarse a la vida que a él le distinguía.

¿Qué hizo después, cuando dejó el ejército?

Era un ex oficial sin ninguna calificación, pero más tarde se convirtió en secretario y luego en director de una empresa de consultoría de finanzas. De las que surgían en aquel momento y que luego han pasado a dominar el mundo. Era perfecto para ese puesto, porque era muy honesto, de una integridad sin fisuras, aunque representara a canallas sin escrúpulos. Eso es lo que hacía.

¿Qué le llevó a usted a la pintura?

Los primeros dibujos al óleo que vi en mi vida eran obra de mi padre. Era un pintor aficionado. Después de la guerra no siguió, pero tenía el don de pintar; en casa siempre había cuadros suyos. Creo que yo también tenía ese don. Me escapé del colegio a los 16 años para estudiar bellas artes, aunque el motivo principal de mi huida fue para ver mujeres desnudas. Después algunos pintores me alentaron, y seguí pintando hasta que cumplí los 30. Si acabé esa etapa de pintor no fue por falta de fe en mi capacidad, sino porque estábamos en plena guerra fría y no me parecía que pintar fuera entonces lo adecuado. Cuando pintaba también escribía, y descubrí que no se me daba mal jugar con las palabras. Pero lo que realmente me interesaba era escribir sobre política, y comencé a trabajar para el Tribune, el periódico de George Orwell… Los pintores son como los pianistas y otros músicos. Tienes que practicar todos los días, y como no podía practicar cada día como pintor decidí escribir.

Escribir y pintar no son cosas tan diferentes… Sus libros están llenos de pintura. En una ocasión comentó que escribir es como limpiar las palabras, como si enjuagara pinceles para pintar.

No creo que la pintura esté tan presente en mi escritura. Lo que sí está presente es lo visible, y lo visible es también el tema de la pintura. Lo visible es esa flor, la luz que le acaricia a usted la oreja; se trata de algo esencial en mi escritura. Cuando comienzas a descubrir lo visible con tus ojos y con tu imaginación, que es, por cierto, lo que haces al dibujar, sobre todo si se trata de algo natural, como el ser humano, la geología, una flor, una colina, un paisaje, un animal…, cuando empiezas a mirar esas cosas te haces consciente del orden increíble y de la complejidad que encierran. No sólo su apariencia, sino también su estructura te llevan a pensar que han sido creados. Y por tanto, hay una conexión entre la creación con ce mayúscula y el modesto acto de crear. Creo que ésta es la razón principal por la que lo visible es tan importante en mi escritura. Y es también el motivo por el que al escribir una historia la concibo como si fuera un objeto, como una piña, como un iris, como un pájaro. Concibo mis historias como objetos visibles.

En su último libro está muy presente el humor de su madre. Supongo que le habrá influido.

Sí, tenía una gran ironía, su humor tenía algo desdeñoso…

Y le previene, en el libro, contra toda autobiografía. Pero déjeme que insista. Tuvo usted mucha relación en su juventud con el escultor Henry Moore y con el escritor George Orwell…

Con Moore coincidía en bellas artes: él enseñaba escultura y yo enseñaba pintura; era un artista al que admiraba mucho. Él era mucho más importante que yo, claro; hablábamos, tomábamos café, discutíamos sobre las asignaturas… Tenía algo de estoico, como mi padre, a la hora de enfrentarse a las cosas. Orwell criticaba y corregía sin piedad todos los textos que le presentaba en Tribune. Sin piedad. Sin embargo, lo hacía de forma magistral, un gran editor. Es gracioso, porque cuando pienso en él, allí sentado detrás de su escritorio, vuelvo a pensar en cosas que ya he comentado en esta entrevista. En alguna parte de su interior anidaban recuerdos muy trágicos de la Guerra Civil española. Recuerdo cómo se enfurruñaba: "¿Cómo sabes eso? ¿De dónde lo has sacado? ¡Esto lo tienes que cortar! ¡Revísalo de nuevo!".

Orwell y su amigo Ken [de quien escribe en 'Aquí nos vemos'] fueron quienes le llevaron a interesarse por España, una pasión que ha seguido: Lorca, Goya, su amigo Juan Muñoz…

Sin duda, mi interés por España se formó con ellos y ha ido creciendo con el tiempo. Soy un desastre con los idiomas, incluyendo el inglés; me cuesta muchísimo escribir, y soy malísimo con las lenguas extranjeras. Después de vivir tantos años en Francia, usted se reiría de mi acento. Hubiera preferido el español como idioma materno. De todos los idiomas es el que me gustaría hablar.

¿Por qué se fue usted de Inglaterra?

La respuesta oficial, que no es la verdadera, es que yo quería ser un escritor europeo. Hay algo de cierto en eso, pero no es lo que yo pensaba en aquel momento. Me fui muy confuso de Inglaterra. Sin saber por qué, algo me impulsó a irme. En realidad, no me sentía en casa en la Inglaterra de los años sesenta. Me daba cuenta de que mi conducta espontánea, mi forma de hablar, mi lenguaje corporal producían vergüenza en los demás. Vergüenza que, lejos de ocultar, me mostraban de forma agresiva. Para ser yo mismo estaba claro que debía irme a algún lugar donde esto fuera posible.

¿Aún se siente exiliado?

Sí, aunque desde entonces Inglaterra ha cambiado muchísimo. Se ha convertido en un país multiétnico, sobre todo en lo que se refiere a Londres, y no sólo. Si tuviera que volver disfrutaría de ese cambio, pero no pienso volver.

Ha querido ser un escritor europeo, todos sus libros han tratado sobre todo lo visible y lo invisible en Europa. ¿Se siente ahora un escritor europeo?

Sí, ahora diría que me siento un escritor europeo, sobre todo en este último libro, que sucede en toda Europa, desde Ucrania hasta Portugal y España.

¿Y qué piensa usted de lo que sucede ahora en este continente?

No quiero generalizar; el hecho de que sea un escritor europeo no significa que tenga una opinión decidida sobre Europa. Pero hay algo que me llama la atención. De todos los países de Europa hay dos que están especialmente abiertos a nuevas ideas y al cambio. Son España y Alemania. Ambos comparten un pasado fascista, por lo que se han visto obligados a cuestionar su identidad, y han querido hacerlo. No han querido perder su identidad, han querido cuestionarla: no han seguido asumiendo de forma automática su identidad pasada. Francia, por ejemplo, no se cuestiona nada. La identidad francesa es hoy idéntica a la del siglo XIX. A los ingleses les ocurre otro tanto.

Usted ha escrito sobre la pobreza y el sufrimiento. Una vez dijo que las mejores voces pertenecen a los perdedores. ¿Hay algo que le obsesione como ser humano, aunque no haya escrito sobre ello?

Aquellos a los que llamamos perdedores saben cosas de la vida que nunca conocerán los ganadores. Eso es lo que dije. Tampoco se trata de idealizar a los perdedores. ¿Mis obsesiones? Están en mi obra, y en una historia que le voy a contar ahora. Me gustaría escribir una historia basada en cartas escritas por una mujer de edad incierta. Al leerlas, en algunos momentos, podrían parecer escritas por una mujer de 19 años, pero en otras su autora aparentaría tener 75. No estaría claro. Las cartas van dirigidas a su hombre, preso por motivos políticos. No hay cartas de respuesta. Tengo algunas ideas sobre el contenido de las cartas. ¿Por qué reflejan una obsesión? Porque esta historia combina tres situaciones: la primera es el género, resulta un reto escribir cartas desde el punto de vista de una mujer; la segunda es su relación con la opresión política, y en tercer lugar, se trata de contar la vida en esos limbos de los que hablo.

En su libro 'A la boda', cuyo asunto central es el sida, habla de la esperanza. Empieza con una cita: "Dejad que cante mi pesar desde lo alto de la montaña", de la escritora rusa Marina Tsvetayeva. ¿Siente usted la esperanza que transmite?

La gente me dice que encuentra esperanza en mi trabajo. Me siento bien al escucharlo, pero no reconozco de qué forma aparece la esperanza en mi obra. No es que no crea en la esperanza, sino que no soy consciente de la esperanza que introduzco en mi obra. No creo que se pueda generar esperanza conscientemente, se trataría de algo falso. Sin embargo, la esperanza, como una emoción de contrabando, acaba apareciendo. Hay una enorme confusión en Occidente sobre el optimismo y el pesimismo. Me parece una concepción sumamente ridícula. La esperanza no es una promesa ni una póliza de seguro. La esperanza tiene que ver con el deseo de algo. No se trata de alcanzarlo u obtenerlo. La esencia de la esperanza es llegar a ser. Llegar a ser otro. Creo que la esperanza, en este sentido, se parece mucho a rezar. Puedes seguir los sondeos de Gallup y mostrarte pesimista u optimista ante ellos, pero las investigaciones de Gallup no tienen nada que ver con la esperanza o con las probabilidades. No existe un motor que pueda generar esperanza, te llega a través de la percepción; es como el resultado de un intercambio de lectura.

Ha escrito usted: "Las multitudes tienen respuestas a preguntas que aún no se han formulado, y la capacidad de sobrevivir a los muros. Recorre esta noche con tus dedos la línea del nacimiento del pelo de ella (de él) antes de dormirte". ¿Ésa es la respuesta, la esperanza del amor?

No sé por qué dudo en aceptar que la respuesta sea el amor, como usted propone. Hay algo intrínseco en esa palabra que aspira como a una solución; es algo demasiado fácil y falso a la vez. Hay algo en el amor que tiene una gran carga de permanencia, y de lo que yo quiero hablar es de algo que se transforma en otra cosa; algo que no existe todavía, pero que se comparte. No se trata de algo solitario, sino compartido. Que algo no sea conceptualizado no significa que sea irreal. Muchas cosas que son reales no se pueden articular así como así. Hay momentos que susurran porque estamos aquí. Momentos compartidos, entre amantes o amigos, o entre cientos de personas simultáneamente; momentos eternos. No es que duren para siempre, sino que en ese momento estamos rozando lo eterno. Se trata de los únicos momentos a los que verdaderamente debemos aspirar.

Al final de su último libro, usted describe la risa de su madre: "Una risa plateada como una pequeña fuente en el decorado de una noche en la Alhambra". Algo muy bello para decirlo de una madre.

Si mi madre está tan cerca de mí, que lo está, es porque durante mi infancia, y ya adulto, siempre me dejó ser muy libre. Esto no significa que fuera totalmente permisiva. No quiere decir que no discutiéramos, que ella no insistiera en ciertas cosas. Claro que sí, la vida no sería posible sin esto. Pero fundamentalmente me permitió un increíble margen de libertad. Me doy cuenta al observar a otras madres. En cierta forma fue un privilegio, y por esto mismo está tan cerca de mí. Es una paradoja. La distancia con que me cultivó es lo que le permitió convertirse en alguien tan cercano a mí.

En la ficción de este último libro, ella le previene de escribir autobiografía…

Y le hice caso. No hago autobiografía. La autobiografía no me interesa. El ser humano se hace en relación al otro; la raíz del ser es la perplejidad con la vida, no tiene que ver con uno mismo… No es que descarte la biografía como género, las hay fascinantes… A mí lo que me va es contar historias.

La nueva novela de John Berger, 'Aquí nos vemos', está a la venta en edición de Alfaguara.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de enero de 2006