En el número de noviembre de la revista Historia 16 viene un reportaje de Ricardo Angoso titulado Los sefardíes y el holocausto, un texto interesantísimo que incluye dos pequeñas fotografías en blanco y negro que me han dejado impresionada. En una se ve un grupo de judíos rumanos a la espera de ser ejecutados por los nazis. Son como una docena de hombres y están en el claro de un bosque. Bien vestidos, aparentemente relajados. Uno, con un impecable traje blanco, cruza los brazos tranquilamente. Otro sujeta su elegante sombrero entre las manos con actitud mundana, como pudiera estar haciéndolo en un salón cortés. Sólo el grupo de soldados que aparece a la izquierda introduce en la escena cierta inquietud. Pero no mucha, porque también ellos parecen distraídos. Conversan entre sí y el único fusil que se ve está apoyado en el suelo. No hay ninguna pesadumbre, ninguna gravedad en la imagen; y, sin embargo, dentro de unos instantes estos hombres harán cosas tremendas: matar y morir.
La otra foto es todavía más inquietante. Es en Grecia y el pie sólo dice: "Civiles alineados para su ejecución". En realidad no están alineados; de nuevo es en un bosque, en esta ocasión son campesinos y los hombres se mueven libremente de un lado para otro junto a un árbol frondoso y primaveral. No se ve a ningún militar y la foto podría ser la instantánea de una fiesta campestre. Dos chicos jóvenes en primer término parecen charlar con animación, otro se rasca el cuello o espanta una mosca, un cuarto señala o llama a alguien fuera del cuadro de la foto: ven, ven aquí a retratarte. Y a morir. Qué relajo, qué tranquilo desorden, qué placidez, incluso.
Siempre me han fascinado y atormentado estas imágenes de los condenados momentos antes de su ejecución. Considero que la pena de muerte es una de las mayores aberraciones legales y morales que pueden existir, una atrocidad sin excusa ni paliativos, y pienso que, si alguna vez me fueran a ejecutar, sería tal mi terror que tendrían que llevarme a rastras y berreando. Aunque tal vez no. Las fotos de los últimos minutos no suelen ser así. Al contrario, yo diría que predomina una especie de estupor, una disociación mental, como si no fuera contigo lo que está sucediendo.
Recuerdo otro retrato de este tipo que se me grabó en la memoria. Era de la muerte del conde Ciano, el yerno de Mussolini, un guaperas fascista e impresentable. Pero nadie debería ser ejecutado, por muy criminal que sea, por muy miserable. Ciano y otros cuatro condenados estaban al aire libre, y alguien les había llevado unas absurdas sillas, tal vez para hacer más confortable (qué idea tan peregrina) el fusilamiento. Las sillas parecían una incongruencia en mitad del campo y no casaban con el elegantísimo aspecto de Ciano, embutido en un soberbio abrigo beige, seguramente de piel de camello. Al conde se le veía al fondo, medio de espaldas, sentado a horcajadas sobre la silla, con los brazos apoyados en el respaldo y un sombrero en sus manos. Me estremecen esos sombreros de los casi muertos, que se entibian con el calor de su piel y se mojan con su sudor, que son una prenda tan íntima y tal vez tan querida, porque con ellos se encuentran favorecidos y elegantes; esos sombreros que cuidan con mimo hasta el último momento, manteniéndolos delicadamente entre las manos, como Ciano, para que no se les ensucien ni deformen; pero que en breves instantes, tras la muerte de sus dueños, rodarán por el suelo polvoriento como un despojo más de sus pobres cuerpos.
Lo más impresionante de este retrato de Ciano, en fin, era que el conde miraba hacia atrás, hacia la cámara, por encima de su hombro. Tranquilo, cachazudo. Nadie parecía vigilarle y daba la impresión de que habría podido levantarse e irse. Poco después de esa foto les fusilaron. Al parecer fue una carnicería. No atinaron a darles en zonas vitales, y cuatro de los condenados, incluyendo a Ciano, se cayeron de lado con sus sillas, gimiendo y retorciéndose y pidiendo auxilio. Hasta que les remataron. Sí, las ejecuciones reales son así de terribles, así de groseras y violentas. Pero antes de que estalle el paroxismo de furor, se diría que los condenados atraviesan como el ojo del huracán, un raro momento de quietud y vacío. Es más: en la mirada de Ciano, en la expresión de los pobres griegos y rumanos del reportaje, me parece percibir cierta expectación. Una curiosidad elemental. La muerte, eso tan enorme que nos pasa en la vida, es un enigma que no nos cabe del todo en la cabeza.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de enero de 2006