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COLUMNISTAS

Esta pueril tarea

Casi todas mis estanterías están resguardadas, protegidas, defendidas por soldaditos de plomo de diferentes ejércitos y diversas épocas, e incluso una lo está por población civil, que ya no es de plomo sino de plástico duro alemán, de gran calidad. Así como los soldados están alineados y son todos del mismo tamaño o guardan entre sí una proporción adecuada, tanto los de a pie como los que van a caballo o sobre camellos (tropas coloniales en abundancia), los civiles se mezclan caóticamente, pertenecen a variadas esferas (hasta hay animales salvajes y caballos de carreras correteando junto a viajeros de tren con maletas y parejas que bailan), y unos parecen gigantes al lado de otros, y éstos liliputienses respecto a aquéllos. Supongo que la cosa no es del todo casual, aunque yo tienda a creer que sí. En la sociedad civil todo está menos ordenado y es más confuso, la disciplina ha de ser mínima (y si es máxima es que estamos bajo un régimen dictatorial, y aquí ya padecimos uno durante demasiado tiempo: no quiero más, ni en mis estantes), y, por así decir, todos los disparates, incongruencias y monstruosidades son aceptables. En los ejércitos eso no es posible o por lo menos es desaconsejable, lo mismo que en las novelas.

Supongo que esta afición mía a los mundos diminutos obedece a dos vertientes, la pueril y la literaria, que quizá sean la misma en el fondo. Parte de ella procede a buen seguro de la infancia. La capacidad de los niños para fijarse, aún es más, para adentrarse e instalarse en lo muy pequeño e insuflarle una vida de ficción es enorme. Antiguamente, hoy ya no estoy seguro, los niños tenían por principal escenario de sus fantasías el bélico o agonístico, representado por los disfraces, los soldaditos de juguete y, si uno era afortunado, por un fuerte que los indios asediaban una y otra vez; las niñas, imagino, se concentraban, se embebían o quedaban absortas en el minúsculo tamaño de las casas de muñecas (era la norma, si bien hubo siempre excepciones y trasvases, niñas guerreras y niños domésticos); en todo caso, unos y otras se iniciaban así en la ficción. Quiero decir en la ficción creativa, en la inventada por ellos y en la que ofrece todas las posibilidades, en la que obliga a inventar la historia, la aventura, el relato, por muy esquemáticos y miméticos que sean éstos; mientras que los tebeos, las películas y los libros representaban la ficción recibida o heredada, que a su vez servía de modelo y estímulo para la creación o recreación. Y si bien se mira, esos juegos en los que uno decidía, siguiendo ciertas reglas o convenciones y buscando siempre la verosimilitud de toda emulación, los destinos y peripecias de sus soldaditos o de sus muñecos, son probablemente el primer paso en firme para escribir ficción. Y también para filmarla, claro está.

Si mis estanterías están llenas de soldados de plomo creo que es, en parte, porque me niego a perder enteramente de vista esos orígenes tan modestos de las novelas que escribo. Tenerlos presentes en la edad adulta, tenerlos ante mis ojos y en formación, preparados y en guardia, de alguna forma, un recordatorio de lo pueril de mi principal actividad a lo largo de muchos días y de muchos años, un saludable rebajamiento de esa tarea (nada tan perjudicial para un escritor como tomarse demasiado en serio y creer que está llevando a cabo algo importante, no digamos trascendental), y también un acto de lealtad. Nunca olvido aquellos versos de Robert Louis Stevenson, en los que, al compararse con sus antepasados constructores de faros, no puede por menos de sentir lo insignificante de su elección, e implora un poco de comprensión: "No digáis de mí que, débil, decliné / los trabajos de mis mayores, y que huí del mar, / de las torres que erigimos y las luces que encendimos / para jugar en casa, como un niño, con papel."

Yo procuro no limitarme a saber que es sólo eso lo que hago en realidad, dedicarme "a esta pueril tarea", en palabras del propio Stevenson en el mismo poema ("Decid más bien", añade: "En la primatarde del tiempo / una esforzada familia se sacudió de las manos / la arena del granito, y, mirando en la distancia / cómo a lo largo de la resonante costa sus pirámides / y altas memorias atrapaban al agonizante sol, / sonrió con contento, y a esta pueril tarea / dedicó en torno al fuego las horas del anochecer"). Sino que me gusta tener ante mis ojos el probable origen de mi elección; tenerlo material, corpóreamente, en ese largo ejército de figuras calladas, expectantes, inmóviles, que sin embargo, como los personajes de las novelas cuando éstas empiezan a escribirse apenas, parecerían poder echarse a andar y romper a hablar, y padecer, por tanto, alguna posible historia de la que yo fuera solo testigo y que, así, nadie más pudiera contar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de enero de 2006