EL SEGUNDO de tres hermanos varones, hijos de un próspero granjero de la costa danesa, llamado Borgen, le da por creerse Jesucristo y abruma a su familia con este desvarío, tanto más insufrible por cuanto el patriarca familiar es un sólido creyente, que, encima, había apoyado los estudios teológicos de su piadoso e intelectualmente muy dotado vástago demente, de nombre Johannes. Éste es el planteamiento argumental del drama escrito por Kaj Munk, luego llevado al cine, en 1955, por el director Carl Theodor Dreyer con el título de Ordet, La palabra. Con intensos, alargados y luminosos planos medios, Dreyer nos va introduciendo en la enajenación de este desdichado ser, al que nadie cree, salvo sus dos pequeñas sobrinas, pese a estar en una comunidad de fanáticos creyentes. El desencuentro familiar de Johannes llega a un punto insoportable cuando su joven cuñada, la esposa de su hermano mayor, sufre un parto complicado por el que pierde, primero, al hijo esperado, y, luego, ella misma fallece, dedicándose el pobre visionario todo el tiempo en que dura este trágico suceso a anunciar la muerte de ambos, provocando la irritada impaciencia del resto de la familia. El sorprendente final de esta historia y del filme se produce en el momento en que, estando la mujer de cuerpo presente y a punto de ser conducida en la caja mortuoria al cementerio, reaparece en escena Johannes y, mediante una invocación, una palabra, la resucita.
¿Cabe, en efecto, un desenlace más extravagante para una acción, ambientada en 1926, donde ni el pastor de esta severa comunidad protestante cree en los milagros? No estamos, además, ante una película religiosa, sino, en todo caso, donde, por el contrario, todo nos invita a recelar del mezquino fanatismo de unos campesinos con sus absurdas disputas sectarias. Desde mi punto de vista, lo que le interesa a Dreyer del absorto y solitario Johannes no es que se crea Cristo, ni el hecho puntual de que sea capaz de resucitar a una muerta, sino la fuerza imbatible de la inocencia, término de procedencia latina, que literalmente significa incapacidad para dañar o hacer el mal, algo que sólo es naturalmente posible en la infancia o en los estados infantiles, a los que sólo acceden los visionarios místicos o los que nosotros llamamos minusválidos psíquicos.
En cierto sentido, la inocencia supone ver la existencia y el mundo como algo en el que todo es posible y, por tanto, en el que todo es susceptible de mejorar; una situación, en suma, en la que el mal puede trocarse en bien, porque, aun siendo ambos términos simples palabras, contienen una muy diferente energía. La sabiduría es el duro progreso para regresar a la infancia, y lo que llamamos creación artística, ya sea mediante imágenes, gestos o palabras, exige un estado de inocencia: el no aceptar los prejuicios establecidos que configuran nuestra circunstancial realidad y convertirla en una abierta posibilidad que la mejore. A la postre, no sólo el mar, como diría el poeta, está siempre recomenzando. Sin fanatismo, hay que confiar en ello. La palabra es fe.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de enero de 2006