La "calidad de vida", esa expresión tan cursi acuñada por la opulencia occidental, puede quedar comprometida por la ley antitabaco. Causa verdadera pena pasar delante de las oficinas y ver parapetados por el frío a un grupo de fumadores, esos leprosos del nuevo año. Un amigo no daba crédito a una doble denuncia por fumar hecha en su lugar de trabajo nada más entrada en vigor la ley. Sospechas, ansiedad, confrontación... en fin, un mal ambiente peor que el humo del tabaco: imposiciones desproporcionadas en nombre de la absolutizada salud. A los fumadores sólo les queda resignación y quizá un cambio de voto.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de enero de 2006