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OPINIÓN DEL LECTOR

A la juez de lo Social número 6 de Sevilla

Mairena del Aljarafe (Sevilla)

Nos conocimos un mes de 2004. Concretamente, el día 6 de julio de 2004, en la sala de vistas del Juzgado de lo Social número 6 de Sevilla. El motivo: a mi marido le habían reconocido la pensión de invalidez permanente total y reclamábamos la permanente absoluta, y usted era la jueza del caso. Celebramos el juicio y usted dictó sentencia en la que decía que mi marido, al que le faltaba un pulmón y tenía una prótesis en la cadera izquierda, entre otras cosas, le quedaba capacidad residual para trabajar. Todavía recuerdo cómo tuve que ayudarle a sentarse y levantarse de la sala.

Ante este hecho, recurrimos la sentencia. Era el mes de septiembre. En los meses siguientes, mi marido fue empeorando de su enfermedad y, tras una larga agonía en la que día a día, hora a hora, fui viendo cómo se consumía, falleció el 8 de noviembre de 2004. No voy a describirle cómo es mi vida desde entonces porque creo que usted no lo entendería. El 14 de julio de 2005 recibí una llamada de mi abogado. El Tribunal Superior de Justicia de Sevilla había resuelto el recurso: revocaba la sentencia dictada por usted. Mi marido estaba incapacitado para realizar cualquier tipo de trabajo. De hecho, estaba muerto.

Lamentablemente, no existe en el sistema judicial ningún mecanismo de amonestación ni penalización para los jueces que dictan sentencias que luego son revocadas por un tribunal superior. Tampoco puedo emprender ninguna acción legal contra usted, ya que no sólo no tendría ninguna posibilidad de prosperar sino que, además, no poseo los recursos económicos necesarios para ello. Sólo me queda, pues, el derecho al pataleo. Eso y escribirle a usted esta carta, con la esperanza de que cuando esté en su confortable hogar, por la noche, a punto de dormirse, con la seguridad y tranquilidad de saber que su sueldo de funcionaria llegará puntualmente todos los meses, se acuerde usted de mi marido. Del hombre que usted mandó a trabajar y que murió al poco tiempo por la gravedad de su enfermedad. Él no vivió siquiera el placer de saber que tenía razón en su reclamación y que usted se equivocaba.

A la memoria de Juan Antonio Domínguez Domínguez.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 2 de febrero de 2006