Hace más de 90 años, en una casa morisca en pleno barrio del Albaicín vivía un niño llamado Francisco Ayala. La medicina de la época había recomendado a su padre que la única solución para unas fiebres que padecía el joven eran los aires de altura. El popular barrio granadino fue el lugar elegido por la familia para fijar su residencia en una casa convertida hoy en convento.
El autor de Muertes de perro recorrió ayer las estancias de aquella casa avivando sus recuerdos infantiles con una lucidez sorprendente. "Me cuesta trabajo recuperar la visión de los ojos de un niño con la visión tan defectuosa de la edad que tengo", comentaba Ayala, que cumplirá 100 años en marzo y que participó en el rodaje de un documental sobre su vida dirigido por Javier Rioyo con la colaboración de Luis García Montero, comisario del centenario.
El pequeño Ayala vivía con sus padres y con sus hermanos rodeado siempre de animales. "Nos gustaban mucho. Teníamos un perro que estaba loco, tuvimos que deshacernos de él. En aquella época las calles estaban llenas de gallinas y el perro se dedicaba a la cacería y a otras gracias que no son dignas de mención". Pero no sólo los perros compartieron aquella peculiar infancia. "Mi tío Pepe me regaló un mono que trajo de Guinea. Era muy bonito y cariñoso, además de sensitivo. Yo lo quería mucho".
Pero si un lugar de aquella casa guarda momentos especiales para el centenario, ése es el palomar. "En el palomar mi madre y yo cuidábamos de las palomas. Les dábamos de comer y observábamos su vuelo. Muchos años después, durante un viaje a Damasco, conocí a un hombre que se dedicaba a cuidar de las palomas. Aquello me trajo el recuerdo de mi madre. Aquella mujer fue mi guía".
Entre los recuerdos infantiles que aún se amontonan entre la alberca y las galerías, Ayala destacó el sonido del trote del caballo con el que su padre subía y bajaba de la ciudad. También un pequeño accidente que sufrió en un columpio. "Estaba sentado sobre las piernas de una criada y salí disparado del columpio. Recuerdo a mi madre gritando mientras yo vomitaba con gran espanto una cantidad enorme de arroz".
Por último, Ayala compartió una divertida anécdota. "Un año mi familia se marchó de veraneo a la sierra. Yo tuve que quedarme en Granada para terminar los exámenes. El plan consistía en que cogería el burro del lechero, que conocía el camino, para encontrarme con ellos. Durante el viaje, aquel animal se detenía continuamente. Yo le pegaba patadas y trataba de hacer que se moviera, pero se detenía cada cierto tiempo. De repente comprendí que aquel animal lo que hacía era parar enfrente de todas las tabernas del camino, que es lo que hacía el lechero", concluyó el escritor granadino.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 2 de febrero de 2006