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El Parlamento británico aprueba la versión más suave de la ley contra el odio religioso

La nueva ley británica contra el odio racial y religioso, aprobada el martes por la noche en los Comunes, no hubiera penalizado las caricaturas de Mahoma publicadas en Dinamarca. Sin embargo, si hubiera salido adelante el proyecto de ley que patrocinaba el Gobierno laborista, es posible que los autores de las caricaturas hubieran sido procesados y, quizás, condenados a siete años de cárcel.

La nueva ley es un compromiso electoral de los laboristas para contentar a la minoría musulmana, que se siente perseguida tras el 11-S, y Tony Blair acabó promoviendo una ley específica para perseguir el odio racial y religioso. El proyecto ha sido criticado por intelectuales y artistas, que creen que puede acabar afectando a la libertad de expresión, y también por numerosos grupos religiosos. Los críticos suelen subrayar que nadie elige su raza y no puede ser criticado por ser de una u otra etnia, pero que todos pueden elegir o pueden cambiar de religión y que la religión debe estar siempre abierta a la crítica mientras no haya un componente racista en esa crítica.

Haciéndose eco de esas preocupaciones, la Cámara de los Lores rebajó el contenido de la propuesta del Gobierno, en particular al introducir una enmienda que especifica que nadie puede ser considerado culpable de incumplir esa ley por el hecho de "criticar, expresar antipatía hacia, abusar, insultar o ridiculizar ninguna religión, creencia religiosa o práctica religiosa" salvo que tenga la intención de incitar el odio religioso. Y también, quizás aún más importante, al limitar la aplicación de la ley a quienes tengan un comportamiento "amenazante" hacia una religión.

El Gobierno parecía tener asegurada una mayoría suficiente en los Comunes para devolver a la ley la dureza inicial y la dirección del grupo parlamentario dejó que se ausentaran de la votación una veintena de diputados. La primera enmienda del Gobierno fue derrotada por 10 votos, incluidos los de 26 rebeldes laboristas.

La jefa del grupo parlamentario, Hilary Armstrong, cometió un segundo error de bulto al permitir al primer ministro Tony Blair que abandonara la Cámara tras esa votación, pensando que la segunda enmienda también estaba perdida. Pero el Gobierno perdió por un solo voto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 2 de febrero de 2006