En Madrid hay otro Estatuto que tiene que debatirse. El Estatuto del Cooperante, una profesión a la que en los últimos 20 o 25 años muchos corazones han estado y están dedicados.
El cooperante y la cooperante suelen ofrecer entre uno y todos los años de su vida en favor de poblaciones desfavorecidas. Algunos cooperantes son como los barrenderos, tienen vocación de asear el mundo y no se cansan nunca de proteger a la gente de las porquerías que otros les tiramos encima. Limpian sabiendo que el que va delante sigue ensuciando, y ellos siguen limpiando. Viven en El Alto en Bolivia, durante tres o cuatro años y después se marchan a Sierra Leona, después a Haití, etcétera.
Otros, en cambio, se enojan con los que lanzan las maldades y son cooperantes estilo El Zorro, pero sin antifaz. A cara descubierta colaboran con las organizaciones sociales del país de destino, participando en sus reuniones, apoyando campañas, etcétera. Luego tenemos también a los cooperantes de manguitos. Al frente de proyectos productivos, calculando la rentabilidad de la exportación del café por líneas de comercio justo, una onza menos, unos quetzales más. Conozco también a los cooperantes autóctonos, nacidos en los países empobrecidos, que sin cambiar de país encuentran demasiados sitios donde poder ejercer de médico, veterinario o maestro y contribuir al desarrollo de sus hermanos.
Esta profesión es el reflejo de la sociedad civil organizada. Y en Cataluña somos más de 70 las ONG que contamos con cooperantes para llevar a cabo programas de cooperación o de ayuda humanitaria. Es un grupo de hombres y mujeres que me merece mucho respeto y que tiene el reconocimiento de buena parte de la ciudadanía, pero que además necesita su reconocimiento legal. No sirve que aparezcan en series de televisión como unos Indiana Jones de la solidaridad, vestidos de Coronel Tapioca, ni que nos acordemos de ellos cuando regresan a casa por Navidad.
La Ley de Cooperación Internacional de 1998, en su artículo 38, define a los cooperantes y establece la necesidad de regular su Estatuto, incluyendo -en una disposición adicional- la necesidad de adoptar en un año las reformas necesarias para su aprobación.
Con ocho años de retraso, el Estatuto ha entrado a debate en el Congreso de los Diputados, y esperamos que recoja las demandas históricas del sector: existencia de una modalidad de contrato laboral adaptada a la realidad de estos profesionales. Igual que a todos los trabajadores en España que pagan sus impuestos, el Estado debe asegurarles las mismas prestaciones: asistencia médica en cualquiera de los rincones del mundo donde se encuentran, o apoyo en la educación de los hijos si es el caso.
Y algo fundamental para estos "trashumantes del compromiso": apoyos para el regreso porque, como dice la canción, en algunos casos cuando vuelven, se nos han convertido en esos viejos árboles batidos por el viento que azota desde el mar.
Gustavo Duch Guillot es director de Veterinarios sin Fronteras.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de marzo de 2006