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Reordenación del sector energético

Una CECA de la energía

Bien al contrario de lo que piensan Gordon Brown y Tony Blair, Europa se ha hecho -lo que se ha hecho, que no es poco- gracias a los impulsos políticos de sus dirigentes. Los dos británicos dicen que el euro fue una decisión dictada por la política y no por la economía, y que el Reino Unido no lo adoptará hasta que se produzcan las condiciones económicas que lo exijan. Pueden esperar sentados. No habría euro sin voluntad política. Las condiciones las ha proporcionado la realidad material, es decir, el mundo de la empresa, del trabajo, del comercio, lo que entendemos por economía, pero sin la determinación de un grupo de dirigentes elegidos democráticamente por sus conciudadanos en sus respectivos países, agrupados alrededor de un consenso sobre los objetivos europeos, no hubieran existido ni la unión del carbón y del acero (CECA), ni la Europa verde, ni el Tratado de Roma, ni el Mercado Único, ni los sucesivos impulsos de ampliación, ni el euro.

En energía, Francia sigue siendo la potencia proteccionista

Europa se halla ahora en una encrucijada engañosa, y ahí sí tienen razón los británicos. El naufragio de la Constitución europea y la incapacidad de salir del dilema, probablemente mal planteado, entre profundización y ampliación, han conducido a la enésima depresión europea, al lamento perpetuo sobre la falta de líderes y de liderazgos, e incluso al colmo de las ironías, a que Tony Blair proclamara, afortunadamente sin mucha credibilidad ni resonancia, que el proyecto británico finalmente ha triunfado.

La realidad es que Europa ha avanzado cada vez que ha sabido superar con voluntad política y con inteligencia cada uno de los retos y obstáculos que se le planteaban. El reto de ahora es el de seguir construyendo el mercado único -una tela de Penélope que requiere tejer cada día para evitar que avance el destejer nocturno, o una piedra de Sísifo que hay que subir de nuevo una y otra vez para alejarse del desastre- y hacerlo allí donde es más decisivo. No hay que ser Jean Monet para darse cuenta de que lo que fueron el acero y el carbón hasta bien avanzado el siglo XX son ahora el gas, el petróleo y la electricidad. Los grandes conflictos del siglo XXI, incluidos las contiendas bélicas y la propia guerra contra el terrorismo, tienen una base energética. De forma que para ser ortodoxamente europeístas hay que decir que el mercado único de la energía, como lo fue el del carbón y el acero en la posguerra mundial, significa la paz en Europa y entre los europeos. Es la garantía del presente y del futuro de los europeos, además de una necesidad económica que debe seguir de forma obligada el camino de poner a disposición de los consumidores y de los industriales unas fuentes de energía de calidad y baratas, para hacer a los europeos más competitivos y capaces de producir mejor y a mejores precios.

Mario Monti, el ex comisario italiano, en un artículo que hoy mismo publica este periódico en las páginas de Opinión, ha fustigado con precisión y sagacidad a los responsables del nacionalismo económico y ha señalado que su resurgimiento es motivo de preocupación "pero también un indicador del éxito" de Europa. "El nacionalismo es la guerra", dijo lapidariamente Mitterrand ante el Parlamento Europeo. La auténtica encrucijada en la que se encuentra la UE no es la de la Constitución o la de la ampliación con Turquía. Es la de resolver, gracias a la voluntad política, el reto de proseguir el mercado único, construyendo ahora el mercado de la energía, en el momento especialmente delicado en que cada país se cierra sobre sí mismo y cada gran empresa nacional tira por su lado.

Francia tiene una gran responsabilidad. Toda entera, derecha e izquierda, sindicatos y empresarios. En energía -y en otras cosas, que ahora no vienen al caso- sigue siendo la fortaleza proteccionista. Alemania tiene un problema de otro orden: también cuenta con un consenso proteccionista, más social que político, para apoyar sus empresas, pero su ventaja viene sobre todo de su tamaño y de su centralidad, que convierte a sus corporaciones en inabordables. En estas cuestiones es algo así como una China del continente europeo. Durante décadas ha estado acomplejada y fragmentada, pero ahora por primera vez, con la gran coalición de Angela Merkel, mira a su alrededor serenamente, sin mala conciencia, y se da cuenta que puede adecuar su ambición a la realidad de su tamaño.

La clave de Europa, de su futuro, que pasa por resolver este gran reto energético, es política, y deben resolverlo esos dos países que han construido Europa y que la seguirán construyendo: si no lo hacen ellos no lo va a hacer nadie, y menos el Reino Unido. Y si ellos no dan el primer paso, los otros darán pasos hacia atrás, como ya está sucediendo en un mercado que en este momento no permite matices: si no se avanza se retrocede, si no se abre se cierra. Por eso las responsabilidades de París y de Berlín son inmensas. Francia, con más ambición que medios, y Alemania por primera vez con los medios de su ambición, deberían poner en marcha de nuevo la locomotora y sacar el gran acuerdo sobre el mercado único de la energía. Todos pueden a la vez cooperar en este esfuerzo: principalmente evitando la imagen decrépita y provinciana de unos políticos que presentan en las conferencias de prensa las iniciativas nacionalistas de protección de los campeones nacionales, o negocian desvergonzadamente y de forma directa con los empresarios, como hemos visto en España por parte de Gobierno y oposición.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de marzo de 2006