El ruido, nocturno o no, las actividades molestas, pueden ser objeto en Francia de multas de tercera clase, de un máximo de 3.000 euros, a partir de la ley 623, apartado segundo. Eso en primera instancia. En caso de reincidencia o mala voluntad manifiesta por parte del infractor, el juez puede decretar el cierre del local -o el sellado del piso o del elemento que perturba- por un tiempo indefinido. Una pena de cárcel es inimaginable: antes se han hecho cumplir otras sanciones menos graves.
Las denuncias por ruido son relativamente frecuentes en Francia pero la intervención de la policía acostumbra a ser suficiente para resolver el litigio.
El ruido callejero tipo botellón no existe porque ni el clima ni las costumbres le son favorables. En líneas generales puede decirse que las ciudades francesas -quizá debiera hacerse una excepción con Marsella- son mucho más silenciosas que las españolas, aunque reine en ellas lo que a un sueco debe antojársele un estruendo considerable.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de abril de 2006