Estoy esperando en el andén del metro, 6.30 del sábado recién estrenado. Pasa uno de seguridad. Me indica que no se puede beber. Guardo la lata en el bolso de la cazadora. Me dice que la tire a la papelera. "Me ha costado un euro, no voy a tirarla, que está llena". Se acerca, me agarra por las solapas, me zarandea con fuerza "ya vas a ver, que hoy me he levantado con ganas". Llama por el walki. Yo: "Pero estás trastornado o qué te pasa". Debí preguntarle por su nombre. "A ti te lo voy a decir". Dejo, ante el cariz, la lata en la papelera. Se va por las escaleras mecánicas mirando desafiante. Recojo cuidadosamente la lata de la papelera, me la guardo en el bolso y llega el tren en ese instante.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de abril de 2006