La prestigiosa y veterana actriz portuguesa Glicínia Quartin murió el pasado viernes 28 de abril en su casa de Lisboa a los 81 años. Ella era todo un símbolo del teatro independiente luso, con más de 50 años de intensa actividad sobre las tablas, el cine y la televisión.
Se la recuerda muy comprometida con la vanguardia teatral lisboeta y como una legendaria intérprete de los grandes papeles lorquianos, como memorables fueron La gaviota, de Chéjov, y Orgía, de Passolini. En 2004, un largo documental realizado por Silva Melo repasaba en la propia voz de la actriz avatares, triunfos y trayectorias, y donde evocó el montaje de Días felices, de Beckett, y Las criadas, de Genet, que fue un hito en el Teatro Experimental de Cascais en 1972. Entre sus filmes destacan Conversación terminada, de João Botelho, de 1981; Agosto, de Jorge Silva Melo, de 1988, y La Caja, de Manuel de Oliveira, de 1994.
En 1971, Glicínia creó Os Bonecreiros, el primer grupo de teatro independiente que para muchos fue el "prólogo cultural del 25 de abril". Su creación sobre El misántropo, de Molière, en el Teatro de La Cornucopia se considera un clásico de la escena.
Había nacido el 20 de diciembre de 1924 en el barrio de Graça de Lisboa, hija de Pinto Quartin, un lúcido periodista cercano a la izquierda radical, y de una pedagoga feminista; en este fermento labró su mentalidad abierta y luchadora. Estudió Ciencias Biológicas, sector en el que trabajó varios años; viajó por los países nórdicos e Inglaterra, y todos coinciden en su valía moral, que nunca ocultó sus antipatías a la dictadura de Salazar.
Ella no comenzó en el teatro de manera profesional hasta la edad tardía de 41 años. Glicínia conservó hasta el final su energía y poder creativos, lo que demostró con La familia Schroffenstein, de Kleist, en el Teatro de Barrio Alto, o Terrorismo, de los Presniakov, en el Teatro Taborda.
Su actividad dramática se había iniciado en 1951 con el grupo experimental de Tomás Ribas y donde comenzó con obras de Gil Vicente, y de ahí pasó a Federico García Lorca, Bertolt Brech, Strindberg, Heiner Müller y Margarita Duras.
Sus papeles lorquianos fueron siempre elogiados por la crítica y el público por su intensidad y verismo. Calificada de generosa con los actores de las nuevas generaciones, constituyó siempre un ejemplo de libertad profesional e independencia.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 5 de mayo de 2006