Ambientada en dos tiempos diferentes, aunque recorridos ambos por vientos de guerra (el conflicto Irán-Irak de comienzos de los ochenta; la invasión de Irak, en 2003), Gilaneh habla, con el telón de fondo de numerosos noticiarios entrevistos en desvencijados televisores, de las víctimas de la guerra. Centrada en quien suele ser siempre, en el cine y en la vida, la personificación eterna de la espera cotidiana en tiempos de guerra, una madre cuyo nombre es el del filme, la película narra, con la contención y el realismo estricto a que nos tiene (bien) acostumbrados el cine iraní, las consecuencias que ambos conflictos han tenido entre la población menos favorecida del país.
Pero no sólo de eso. De hecho, por sus meandros se filtran, aquí y allá, pequeños apuntes que la rígida censura política imperante en Irán no ha terminado de pulir; por ejemplo, la ilusión de un grupo de jóvenes por la soñada entrada de las tropas americanas, primero en Irak, pero luego también en su propio país; y sobre todas las cosas, el terrible estado de abandono en que se encuentran las víctimas de la guerra, tanto las directas (el joven al que sus heridas dejan de por vida atado a una cama) como las indirectas, aunque no menos visibles: la propia Gilaneh. Filme duro, hecho sin concesión alguna a la galería, por sus imágenes, algunas de candorosa belleza, se desliza un hastío profundo, una decepción cósmica: extraña lectura política para un filme hermoso, hondo y profundamente desencantado.
GILANEH
Dirección: Moshe Abdolvahab y Rakshan Bani Etemad. Intérpretes: Fatemah Motamed Aria, Baran Kosari, Bahram Radan. Género: drama. Irán, 2005. Duración: 84 minutos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 5 de mayo de 2006