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Reportaje:

El récord que nadie quiere ver

La afición da la espalda a Barry Bonds, que ya está a dos 'home runs' de los 714 de Babe Ruth

Cuanto más se acerca Barry Bonds, el villano del béisbol, a la marca de 714 home runs (y se llega por 712), más se recuerda, más se añora a Babe Ruth, el bien amado; más se escribe, más se habla, del contraste entre dos jugadores del pasatiempo nacional de Estados Unidos, entre dos épocas, de dos concepciones del deporte, de la vida; más se recuerda, en libros, revistas, periódicos, las maldades cometidas por el zurdo Barry Bonds, acusaciones de dopaje, de perjurio, de evasión de impuestos.

714, el número récord de home runs con que Babe Ruth, el legendario jugador de los Yankees de Nueva York cerró su carrera en 1934, es una cifra mágica en el deporte estadounidense y sigue siéndolo pese a que en 1974 Hank Aaron dejara la marca en 755. Y lo seguirá siendo, nadie lo niega, pese a que Bonds, sin duda, logre rebasarlo en los próximos días.

Y después de todo, hasta parece que la afición, la sociedad norteamericana, ha llegado a reflexionar de forma madura sobre un asunto que hasta hace poco les resbalaba: la contradicción entre su deseo infantil por hazañas y espectáculo puro y su rechazo adulto a la trampa, a la ley del todo vale. Los mismos millones de aficionados, que hace cinco años jaleaban casi cotidianamente en su inexorable carrera hacia los 73 home runs, la marca récord para una sola temporada, que el bateador de los Giants de San Francisco logró en 2001, son ahora los mismos que lo abuchean o se niegan a asistir a sus partidos.

Le jaleaban entonces pese a que ya abundaban las sospechas, pese a que el enorme corpachón, más de 110 kilos, cuello de toro, hombros inabarcables, músculos de exhibicionista, que lucía a los 36 años poco se parecía al del chaval casi escuálido, 75 kilos, fibroso y rápido que comenzó su carrera 15 años antes.

Pero entonces no se sabía todo, no se sabía casi nada. No se sabía como se sabe ahora -después del caso Balco, del desmantelamiento de un laboratorio de California que proveía de anabolizantes y otras sustancias dopantes a la créme de la créme del atletismo, del béisbol y del fútbol americano de Estados Unidos, y de la publicación del libro Juego de sombras, que lo cuenta todo- que Bonds hizo en 1999 un pacto con el diablo: comprendió que para llegar a la altura de su ambición, convertirse en el mejor jugador de béisbol de la historia, necesitaba recurrir a los esteroides anabolizantes, sustancias que aún estando nominalmente prohibidas circulaban por un deporte en el que no se practicaban controles. Desde que se sabe todo eso, Bonds es un tramposo, la persona menos digna para batir a Ruth.

En la madrugada de ayer, Bonds, a quien un pelotazo de un compañero en la cara durante el calentamiento dejó KO unos minutos, no consiguió ningún home run en Milwaukee. En la madrugada de hoy volvía a jugar. Ambos partidos contaron con una mínima asistencia de público. No estaba en las gradas ni Bud Selig, el comisionado de la Liga, pese a que vive allí.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 5 de mayo de 2006