Si existiera un ser humano tan fuerte que pudiera matar a todos, pero, nadie, solo o coaligado, pudiese matarlo a él, este gigante dispondría de un poder absoluto. Poder del que también gozaría el Estado que estuviese en condiciones de aniquilar cualquier otro, pero fuese indemne a los ataques de todos los demás. De la omnipotencia con la que sueñan los humanos disfrutó Estados Unidos entre 1945 y 1949, los cuatro años en que mantuvo el privilegio de ser la única potencia nuclear.
La Unión Soviética logró pronto su arsenal atómico, para mayor escarnio, en buena parte gracias al espionaje. Desde entonces, Estados Unidos ha tenido que aceptar que un ataque nuclear de su parte traería consigo un contraataque con la misma fuerza destructiva, equilibrio de terror que durante decenios se ha mostrado la mejor garantía de paz. En 1952 el Reino Unido, en 1960, Francia, en 1964 China, fueron entrando en el club atómico, con lo que quedaba aún más limitado el poder del primer país que consiguió la bomba atómica, y hasta ahora el único que se ha atrevido a emplearla.
Las últimas fantasías de conseguir un poder absoluto se habían centrado en desplegar un sistema de defensas antimisiles que hicieran a Estados Unidos inalcanzable. Ni las enormes dificultades técnicas ni los costos inmensos hicieron abandonar el empeño -el proyecto está sólo aplazado- cuando la victoria en la guerra fría lo confirma en el papel de la única gran potencia. El hecho más importante de esta nueva etapa es que suprime el equilibrio nuclear que en 1968 había obtenido su mayor logro con el Tratado de No Proliferación Nuclear.
El Tratado pretende impedir que se amplíe el número de Estados con armas nucleares, ofreciendo el desarme nuclear de las cinco potencias nucleares, que coinciden con las que tienen un puesto permanente en el Consejo de Seguridad. El Tratado ha fracasado, por un lado, porque ha aumentado el número de Estados con armamento nuclear: India y Pakistán, en fecha incierta, e Israel, que aún no ha reconocido oficialmente pertenecer al club. La última en llegar ha sido Corea del Norte, y ya no cabe la menor duda de que el próximo será Irán. Pero sobre todo porque no se ha avanzado nada, más bien se ha retrocedido, en el desarme nuclear de los países que lo firmaron estando en posesión de armas nucleares. Más grave aún, se ha violado el artículo segundo que prohíbe facilitar a otros Estados la tecnología para el desarrollo de estas armas, cuando lo cierto es que todos los nuevos Estados nucleares la han adquirido de alguna de las cinco potencias.
El que Israel cuente con un arsenal nuclear, inconcebible sin la ayuda de Estados Unidos, y sobre todo la guerra de Irak, han acelerado el afán de Irán de conseguir en un plazo medio armas nucleares. Un "efecto colateral" de la guerra es que ha puesto de manifiesto que Irak fue invadido, precisamente, por no tener armas de destrucción masiva. Si las hubiera tenido, Estados Unidos se hubiera comportado al menos tan cauteloso como lo fue con Corea del Norte. A ello se suma que Irán dispone de una ocasión única, al tener Estados Unidos las manos atadas con la ocupación de Irak, cuyo desenlace depende también de su colaboración. Con su peculiar ironía, el antiguo ministro de Hacienda y luego de Exteriores de India, Yashwant Sinha, ha hecho hincapié en que "las tres razones que condujeron a los anglo-norteamericanos a invadir Irak, posesión de armas de destrucción masiva, exportación de terrorismo y ausencia de democracia, las tres encajan perfectamente en Pakistán", el mejor aliado de Estados Unidos en la región.
Nada parece tan cínico como recurrir al Tratado de No Proliferación para reprochar a Irán sus planes nucleares, pero tampoco nada tan amenazador para el futuro de la humanidad como el que hace ya mucho tiempo que este Tratado haya perdido toda vigencia.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 5 de mayo de 2006