El gusto norteamericano por concursar y premiar casi supera al español. No voy a hablar aquí de los Oscars, modelo del premio cinematográfico luego extendido al resto del mundo, ni del Pulitzer, ese galardón concedido exclusivamente a escritores estadounidenses, si bien el espiritoso Álvaro Cunqueiro pretendió haberlo ganado en los años 40, consiguiendo a cuenta de los dólares del premio -dice la leyenda- que le fiaran en los restaurantes y comercios de Mondoñedo. Aunque he ganado algún premio literario, cobrado en moneda de curso legal, nunca llegué a presentarme al premio favorito de mi juventud, convocado anualmente por una famosa firma de óptica: el Guapo (y la Guapa) con Gafas, al que yo me sentía capaz de aspirar mayormente por el llamativo cuerpo de las mías, hechas con una pasta negra en formato cuadrado que daba a mis ojos un efecto de doble pantalla televisiva. Me cambié a las lentillas el día en que caí en la cuenta de que esa montura aerodinámica distraía el interés ajeno respecto al ser de carne y hueso que había detrás de las gafas.
Leo en el diario USA Today que acaba de fallarse el quinto Premio Anual al Mejor Retrete Público de Norteamérica, y me da una mezcla de alivio y envidia el que a nadie en nuestro país, con la cantidad que tenemos de cajas de ahorros y Ayuntamientos ávidos de distinguirse por un galardón propio, se le haya ocurrido convocar algo semejante. ¿O es que no hay materia suficiente? El citado premio ha recaído en el Wendell?s, un restaurante de Westerville, en el condado de Ohio, y las imágenes muestran un urinario de tal refinamiento decorativo que a uno le entraría la duda, pienso yo, de dar rienda suelta a sus necesidades en lugar tan coqueto (quien esté interesado en ahondar en las entrañas de este curioso premio puede encontrar en www.bestrestroom.com las bases y las fotos del váter premiado y los cuatro finalistas, entre los que se encuentra mi preferido, el Quad de la ciudad de Moline, en Illinois).
Volviendo a la materia constitutiva. Madrid está fatal de váteres, de váteres con valor estético quiero decir, y lo digo después de haberme tirado una semana recapitulando en mi memoria de usuario y hasta yendo adrede a alguno en somera labor de campo. Los cines solían tener retretes hermosísimos, cuando las salas mismas eran amplias y con arañas de luz en los techos; el minimalismo actual no sólo ha reducido las pantallas sino los mingitorios, y hoy la búsqueda de la excelencia ha de ir por otros derroteros. El bar de copas Del Diego, en la calle de la Reina, tiene unos w.c. pequeños pero muy apreciados por la clientela, no tanto como sus cócteles, y al del vecino Cock se accede bajando una escalera jalonada de hermosos gallos pintados, en una tal vez ambigua mise-en-abîme del significado no aviar de la palabra inglesa cock. La discoteca Cool dispone de unos atractivos servicios plateados, y hubo una de ambiente gay con doble fila de tazas de orinar transparentes, aunque no sé si cerró por quiebra o por indecencia. Hace tiempo que no lo visito, pero yo creo que en todo Madrid no hay lavabos más bellos que los del Teatriz, el antiguo teatro Infanta Beatriz reconvertido en restaurante y bar por el diseñador francés Philippe Starck, que consiguió ahí uno de sus mejores trabajos. Y también tengo claro el mejor váter de ficción: el que Stanley Kubrick se hizo construir para la escena de El resplandor en que el personaje de Jack Torrance (Jack Nicholson) conversaba con el antiguo empleado del hotel Overlook, Grady, un espectacular urinario en rojo copiado de uno que diseñó el arquitecto Frank Lloyd Wright para un hotel de Arizona.
Aprovecho la ocasión para hacer un ruego a quien corresponda. Tengan un poco de compasión, señores dueños de cafeterías, bares y restaurantes, con sus clientes. Uno bebe a veces, si no conduce, más de la cuenta, y llegado el momento de ir al baño se enfrenta a un arduo problema semiótico. En muchos de esos locales, por salirse del camino trillado o por vete tú a saber que fijación sádico-anal, en vez del escueto perfil de un hombre y una mujer o las inconfundibles palabras "caballeros" y "señoras", colocan en la puerta de los servicios unos signos que van de la abstracción al arameo. Los he visto tan metafóricos que más de una vez he sorprendido a las señoras entrando en el que no me correspondía, siendo mirado como un pervertido. Si no estilo, pidámosle al váter eficacia.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 5 de mayo de 2006