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Tribuna:

El valor de los adioses

Las esperanzas de paz que se abrieron tras el colapso de la Unión Soviética consolidaron una tendencia que venía observándose desde los años ochenta: el movimiento antinuclear que había reunido a las mejores inteligencias del planeta dejó de denunciar la proliferación militar y se concentró, en cambio, en los efectos medioambientales de la energía obtenida mediante la fisión del átomo. Lo paradójico de este giro radica en que, como se puede advertir en la actual crisis con Irán, la proliferación nuclear no ha cesado ni tiene visos de hacerlo. En las dos últimas décadas ha aumentado el número de países que disponen del arma atómica, al tiempo que los arsenales no han dejado de renovarse y de crecer. La amenaza de destrucción que pesaba sobre el mundo es hoy mayor, mucho mayor, que cuando Bertrand Russell o Günther Anders empleaban sus esfuerzos en detener la carrera de armamentos y, sin embargo, han dejado de escucharse las voces que se oponían a seguir cebando un polvorín que amenaza la existencia misma del hombre sobre la tierra. La doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada que regía entre las dos superpotencias de la época representaba, a juicio de los escritores y científicos que se comprometieron contra el arma atómica, un riesgo insoportable para la razón y para la moral.

La angustiada insistencia de estos y otros ilustres activistas que hablaban desde el humanismo y la compasión, sólo desde el humanismo y la compasión, por más que, como ahora sucede, hubiesen de hacer frente a obtusos e infames procesos de intenciones, obtuvo algunos resultados que invitaban a la esperanza. Por una parte, y gracias en buena medida a su compromiso y su denuncia, se celebraron conferencias y se firmaron acuerdos de desarme, instrumentos políticos que pretendían congelar el equilibrio atómico en un punto y proyectarlo a la baja y no al alza, como hasta entonces ocurría. Por otra parte, se estableció el Tratado de No Proliferación, cuya consecuencia más directa fue la disociación entre el uso militar y el uso civil de la tecnología nuclear. El tratado partía también de la estrategia de congelar el equilibrio atómico en un punto, aunque reconocía, al mismo tiempo, el derecho de todos los firmantes a obtener los eventuales beneficios de una energía barata, si bien extremadamente peligrosa como se demostró en Chernóbil. Los sucesivos acuerdos de desarme y el Tratado de No Proliferación sirvieron de fundamento a un equilibrio atómico descendente que, ante la indiferencia más o menos general, no ha hecho más que deteriorarse en los últimos años, hasta llegar al momento cargado de sombríos presagios en el que estamos inmersos.

La doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada partía de unos presupuestos que ya no se dan en la esfera internacional, incrementando el peligro en el que nos estamos adentrando. Por una parte, los enemigos se reconocían como interlocutores: el radical desacuerdo político e ideológico entre las superpotencias y su corte de aliados voluntarios o involuntarios no impedía la comunicación, por más que el recelo mutuo fuese la norma. Por otra parte, estos interlocutores compartían un mismo y único lenguaje: la crisis de los misiles en Cuba, o la del despliegue balístico en Europa, fueron la prueba de que cada parte podía anticipar la respuesta que obtendría cualquier iniciativa fuera de guión. La Destrucción Mutua Asegurada, la amenaza de la completa aniquilación de la vida sobre el planeta, el horizonte de una guerra en la que los vencedores perderían tanto como los vencidos, hasta borrar cualquier diferencia entre unos y otros, invitaba a no pasar en ningún caso de las palabras a los hechos. La amenaza nuclear debía permanecer como amenaza, como último recurso, y de ahí que el sorprendente resultado de una estrategia monstruosa, como era la de destruir la vida humana, fuese privilegiar las vías diplomáticas y, al mismo tiempo, trazar una barrera infranqueable entre los conflictos convencionales y el empleo del arma atómica.

Hoy, los interlocutores no se reconocen y el lenguaje ha dejado de ser compartido, hasta el punto de que ya no es posible distinguir entre iniciativas fuera o dentro de guión. De acuerdo con los intereses de cada potencia atómica, o mejor, con una interpretación muchas veces mesiánica de esos intereses, se puede cooperar con unos países para que desarrollen la tecnología nuclear o se puede prohibir a otros que lo hagan, olvidando, en cualquier caso, que el remoto propósito no consistía en decidir quién puede o no disponer de la bomba, sino en lograr entre todos un equilibrio nuclear

a la baja que, en último extremo, librase al mundo de un peligro auténtico de aniquilación. Tampoco la barrera entre los conflictos convencionales y el empleo del arma atómica han resistido al implacable deterioro de la realidad internacional: el desarrollo de bombas nucleares de efectos limitados está alimentando la tentación de convertirlas en parte del arsenal previsto para guerras convencionales y, por tanto, facilitando la posibilidad de su empleo. Al margen de la indiferencia hacia el sufrimiento indecible que podría provocar, al margen del desprecio que supone para la distinción entre fuerzas combatientes y poblaciones civiles, último bastión de la moral en tiempos de guerra, el eventual uso de armas nucleares de efectos limitados confía la suerte de la humanidad a un cálculo de probabilidades que podría estar equivocado; el cálculo de que, una vez instalados en el terreno de la confrontación nuclear, será posible detener la escalada.

Durante largos siglos antes de nosotros, la tarea equivalente a la que se impusieron científicos y escritores como Bertrand Russell y Günther Anders, la tarea de levantar la voz en nombre del humanismo y de la compasión, sólo del humanismo y la compasión, tenía un sentido preciso: había que dejar testimonio de que las cosas pudieron suceder de otra manera, de que las tragedias que salpican la historia no eran inevitables, para que las generaciones que se asomaran horrorizadas al pasado pudieran, quién sabe, aprender de los errores. En la era atómica, sin embargo, los errores serían definitivos: no habría generaciones que se asomaran horrorizadas al pasado, no habría siquiera pasado. Levantar hoy la voz en nombre del humanismo y la compasión contra la insensata carrera en la que nos estamos precipitando, contra el señuelo de una victoria que no sería, en realidad, más que un suicidio colectivo, no puede, por eso, adoptar otra forma que la de una melancólica despedida. Si no se detiene la espiral que nos arrastra, si no se encuentran los instrumentos políticos que alejen los sombríos presagios de este momento, nadie después de nosotros sabrá, no ya lo que nos arrojó al combate, sino lo que hizo que amásemos la vida: el ciclo de las estaciones, la intensidad de las pasiones juveniles contempladas desde una condescendiente madurez, la pureza casi divina de las notas que Yehudi Menuhin extraía de un instrumento humano e imperfecto, las palabras que contienen algunos libros.

Prolongar la dulce letanía de cuanto nos acompañó y nos hizo felices tal vez parezca ocioso, una desacreditada respuesta estética a un problema que es político y moral. Pero los puentes internacionales se están rompiendo con una saña tan irresponsable, tantos puntos sin retorno se están sobrepasando, que tal vez la infatigable, elegíaca evocación de la belleza que ofrece el mundo nos devuelva finalmente la razón y, con la razón, el sentido moral que ha ido quedando en el camino. Los adioses, estos adioses, no serían entonces inocentes, sino que adquirirían de pronto el inesperado valor de una revuelta, de un grito contra la fatalidad que se está desplegando paso a paso ante nuestros ojos.

José María Ridao es embajador de España en la Unesco.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 5 de mayo de 2006