Siempre se ha teorizado que si al cine español no se le dan bien las películas de género es porque no hay industria detrás y no se pueden hacer ejercicios de ortografía. No sé si es del todo exacta esa tesis, pero, en cualquier caso, sí hay industria televisiva y sí hay correctísimos ejercicios en muy distintas disciplinas, desde comedia urbana a policiacas. El jueves, en Cuatro, se estrenó una prueba de ello, Génesis, con la que, además, se puede hacer una nada odiosa comparación con una serie norteamericana, Mentes criminales (Tele 5), a la que aventaja largamente salvo en una solventable flaqueza de voces.
En las dos nos muestran el, por supuesto, exitoso trabajo de un grupo policial especializado en las pistas psicológicas. El primer episodio de Génesis se sustentó en una buena y barroca arquitectura del guión. Desde luego, siguiendo sabios y ancianos consejos, el criminal no resultó ser el mayordomo. Hubo recovecos intrigantes y un caso tan extremo como complejo: asesinatos de inspiración goyesca, del Goya más tenebroso, y un criminal que quiere ser su propio verdugo. Mientras que en Mentes criminales el rumiaje del comisario se ilustra con inocentes imágenes de fondo, en Génesis se prescinde de este amuleto y, en cambio, introducen un curioso efecto: cuando el comisario se tapa los oídos, también se los tapan a los telespectadores. Hay cosas que más vale no escuchar.
A pesar de su limpia especialidad, estos policías también pringan en la calle y se asustan, los hieren, los secuestran... Tanta tecnología forense al final nos haría creer que todo es resoluble con oficinistas titulados. El momento más tierno: cuando el personaje de Pep Munné, que fuma como en los tiempos del cine negro, no puede alcanzar a un sospechoso porque se cansa de correr. En el primer capítulo, los policías de Génesis estuvieron muy profesionales, pero el que dos de ellos sean hermanos, como supimos casi al final, sugiere que también ellos tendrán sus problemillas personales.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 5 de mayo de 2006